Bikila3Hace cincuenta años, en el mismo 1964 en el que se disputaban los Juegos Olímpicos de Tokio, Yasunari Kawabata escribía la novela “Lo bello y lo triste”. En ella, el escritor Toshio Oki, movido por la nostalgia, viaja a Kioto para escuchar el sonido de las campanas de los antiguos santuarios de la ciudad el día de Año Nuevo, y desde ese punto de partida el libro nos va arrastrando por temas como el reencuentro, los distintos caminos del amor – con sus bondades y maldades – y otros sentimientos y pasiones que van quedando enquistados por el paso de los años.

«El tiempo corre de la misma forma para todos los seres humanos, pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo», como escribía Kawabata.

Mientras tanto, ajeno a todo ello, el etíope Abebe Bikila moldeaba el tiempo a su manera y se convertía en uno de los mejores corredores de fondo de toda la historia. Cuatro años antes había alcanzado la gloria olímpica en una de las carreras más simbólicas que se recuerdan. Sus pies descalzos desafiando el empedrado de un anochecer en Roma, la vía Appia esperándole entre antorchas encendidas, la meta situada debajo del arco de Constantino, a los pies del Coliseo, y un nuevo récord mundial (2h15:16) para asombro del mundo entero y páginas reservadas en los libros de la historia del deporte.

«La carrera más bella» recuerda Miguel Navarro, el único español que corrió aquel día y que terminó decimoséptimo con un nuevo récord nacional (2h24:17). «Una carrera tan especial, tan bonita, que creo que desde entonces no se ha logrado igualar» como cuenta el barcelonés, que a punto de cumplir ochenta y cinco años sigue siendo memoria viva de aquellos pioneros de nuestra maratón.

Regresando a 1964, en aquel mediodía de octubre en el que la ciudad de Tokio se disponía a cerrar sus Juegos con la carrera olímpica por excelencia, el corredor etíope logró reeditar su oro con una nueva plusmarca mundial de la distancia (2h12:11).

Los habitantes de la ciudad japonesa llenaron las calles para ver el espectáculo y Bikila, ya convertido en mito, no tuvo rival. Se destacó muy pronto, entró en solitario en el estadio olímpico, batió el anterior récord del mundo con más de un minuto de ventaja y esperó al resto de corredores haciendo unas tablas de gimnasia.

Detrás, de nuevo, el aura de admiración y leyenda que siempre han rodeado las carreras del etíope, y aunque esta vez ya corrió con zapatillas, en el recuerdo queda una operación de apendicitis semanas antes de la cita en la capital japonesa y esa absoluta superioridad que demostraba en cada carrera.

Precisamente, en estos tiempos en los que presenciamos cómo la maratón se reinventa cada día con marcas cada vez más asombrosas de los mejores atletas africanos y cifras récord de participación de corredores populares, la figura y el recuerdo de Bikila permanecen intactos. No sólo como nostalgia de los tiempos que fueron, sino como el mejor recordatorio de lo que fuimos, del lugar de dónde venimos y de la inspiración que su propia historia sigue ejerciendo en las nuevas generaciones de corredores.

En 1968 Yasunari Kawabata se convertía en el primer Premio Nobel japonés de literatura, y en su discurso ante la academia sueca reflexionaba sobre el simbolismo de su obra. Sobre la influencia de las raíces de la literatura japonesa en sus textos, sobre la melancolía y su permanente búsqueda de la belleza: “El discípulo Zen se sienta largas horas en silencio inmóvil, libre de toda idea o pensamiento. Abandona su propio ser y entra en el reino de la nada. No es la nada o el vacío de Occidente. Es, más bien, lo contrario, un universo del espíritu en donde todo se comunica libremente con el resto, trasciende los límites, es infinito”.

Aquel mismo año, Abebe Bikila no pudo más. Intentó terminar de escribir su leyenda en la maratón de los Juegos de México, pero su cuerpo, con 36 años, ya estaba demasiado cansado. Agotado, con las rodillas maltrechas y mal del atura, se retiró antes de llegar a la mitad de la carrera. Al año siguiente, el destino le esperaba agazapado en forma de accidente de tráfico que le dejó parapléjico.

En abril de 1972, en un pequeño apartamento frente al mar, el escritor japonés decidía acabar con su vida. Un año después, a finales de octubre de 1973, Bikila moría a causa de una hemorragia cerebral producida por secuelas del accidente.

Desde entonces, la niebla de los años no ha dejado de aumentar la belleza de la leyenda del atleta que alcanzó la gloria corriendo descalzo en la ciudad eterna y la tristeza de un final demasiado prematuro.

“Los hombres de éxito conocen la tragedia – dijo Bikila desde su silla de ruedas -. Fue la voluntad de Dios que ganase los Juegos Olímpicos, y fue la voluntad de Dios que tuviera mi accidente. Acepto esas victorias y acepto esta tragedia. Tengo que aceptar ambas circunstancias como hechos de la vida y vivir feliz”.

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