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Imagina Tokio. Cierra los ojos e imagina la ciudad nipona a principios de los años noventa. Japón. El interior de una novela de Yasunari Kawabata, la calma del monte Fuji, los cerezos en flor. El silencio. Hasta que poco a poco, tus pasos te van haciendo entrar en la gran ciudad, y descubres el ruido de la capital, el tráfico de Tokio y el resplandor de sus neones.

Imagina el estadio olímpico. Los flashes de las cámaras de fotos. El olor a tormenta de una noche de finales de agosto. El público abarrotando las gradas, el tartán y los carteles años noventa de TDK que lo invaden todo. Es 1991, y los mundiales de atletismo están llegando a su final. Entre el murmullo, no entiendes nada. Kon nichiwa, arigato, hai. Sólo reconoces palabras sueltas, y entre el tumulto y las voces, estás sentado en las gradas. No entiendes, pero ves el foso de salto de longitud abajo. Iluminado. Con todos los ojos puestos en él.

La noche de finales de Agosto es húmeda. Amenaza lluvia con una atmósfera electrificada, pero el viento no se mueve. Carl Lewis, ganador cinco días antes de los 100 metros con récord mundial de 9,86 incluído, e imbatible durante toda una década con una racha de sesenta y siete victorias consecutivas en el salto largo, centra todas las miradas, y es que el mito parece haber elegido esta noche en Tokio, a nivel del mar, para superar los legendarios 8,90 metros de Bob Beamon en México 68. Frente a él, Mike Powell, quién en quince enfrentamientos anteriores jamás le ha conseguido ganar, y que ya fue plata, a treinta centímetros del hijo del viento en Seúl, con todo un mundo por medio.

El salto de longitud es una de las disciplinas más naturales que existe, y que por tanto menos alteraciones ha visto a lo largo de la historia, por lo que es un buen baremo para medir la evolución de las condiciones físicas del hombre a lo largo de los años, y así, ya era una prueba que, con alguna variación, se disputaba desde algunos juegos célticos, y sobre todo en el pentatlón de los Juegos Olímpicos de la antigua Grecia, dónde los atletas se ayudaban de unas halteras para impulsarse en el salto.

En 1874, el irlandés John Lane ya superó los siete metros con un registro de 7,05 metros, y en 1900, el americano Myer Prinstein llegó hasta los 7,50 metros. En 1925, el primer saltador moderno, el americano Hart Hubbart, quién utilizaba una técnica muy similar a la actual, llegó hasta los 7,89 metros, en una época en la que los estilos de tijera y extensión ya habían aparecido. La barrera de los ocho metros cayó con Jesse Owens, que en 1935 voló hasta los 8,13, dejando un récord que duraría 25 años, hasta que en los años sesenta el saltador americano Ralph H. Boston y el ruso Igor Ter-Ovanesyan subieran la plusmarca mundial hasta los 8,35 metros.

En los Juegos Olímpicos de México 1968, Bob Beamon llegó hasta los 8,90 metros, que se consideraron durante todos los años setenta y ochenta como una barrera infranqueable. Finalmente, la irrupción en la escena internacional de fenómenos como Carl Lewis y Mike Powell, hizo que el destino quisiera que esta noche de Tokio presenciáramos uno de los mejores duelos de la historia del atletismo.

Carl Lewis nació el 1 de julio de 1961 en Birmingham, en el estado de Alabama, al sudeste de Estados Unidos; mientras que Mike Powell nació dos años después (10 de noviembre de 1963) al noroeste del país, en Philadelphia, en el estado de Pennsylvania. Pero las diferencias entre ambos van más allá de la distinción norte-sur y de esos dos años de edad de diferencia. Técnicamente, Carl Lewis, el hijo del viento, basaba su enorme salto en una velocidad de carrera inigualable, al tiempo que tras la batida conseguía sostenerse en el aire haciendo olvidar la gravedad. Mientras, Mike Powell, con una velocidad bastante menor (10,45 de mejor marca en los cien metros), tenía una mucha mayor capacidad de salto, y la fuerza con la que se impulsaba en la tabla era su mejor cualidad.

En la noche de Tokio, todo está preparado para ese instante en el que la competición y la historia se convierten en mito y leyenda, y te frotas los ojos en el estadio olímpico ante la final que va a empezar.

Powell, que arranca la noche con el brazo al cielo moviendo los dedos como queriendo acariciar el aire, comienza a saltar por delante de Lewis, y en sus tres primeros saltos va sacudiéndose los nervios. 7,85 metros en primera ronda, 8,54 en segunda y 8,29 en la tercera. Concentrado, sabe que esa noche puede dar más de sí mismo. Carl Lewis, con la serenidad del campeón y sabedor de que su estado de forma le va a llevar a pelear con el mismísimo Bob Beamon, arranca con un gran salto de 8,68, hace su único nulo de la noche en la segunda ronda, y en la tercera ya se va hasta 8,83 con algo de viento por encima de lo legal. Y ya, desde ese momento, desde el comienzo de la cuarta ronda, sólo la leyenda por delante.

Mike Powell vuela en el cuarto salto. Va muy lejos y lo celebra brazos en alto, pero se desespera al ver la bandera roja. Gesticula, se arroja al suelo junto a la tabla, grita a los jueces. Pero es nulo, y después es Carl Lewis quién aprovecha la atmósfera para ir más lejos que Beamon. 8,91, al fin más allá de los 8,90, pero el viento a favor, cruel, no hace buena la marca, aunque Lewis, que tras el salto pedía calma, lo celebra lanzando con rabia el puño al aire. El viento impide el récord, pero él ya está más allá de esa barrera.

Mike Powell resopla antes de su quinto salto. 6 pasos de aproximación, 23 zancadas de carrera, y a pesar de dejarse seis centímetros antes de la tabla, su enorme salto le hace ir casi al infinito. Muy lejos, y lo sabe. Coges aire en tu asiento. Como el día de Bob Beamon en México, un fogonazo ha recorrido el foso de arena. El estadio contiene la respiración mientras los jueces miden. Viento legal, ¡y 8,95! Powell corre, levanta el brazo. Enloquece sobre la pista del estadio, y el público, contigo de pie, grita de júbilo al ver caer 23 años de historia. Powell lo celebra como el salto del siglo XXI que acaba de realizar. Pero delante está el mejor Carl Lewis de la historia, el mito, y la noche, como esas mágicas noches de verano, aún no ha terminado.

Bajo su chándal, Lewis murmulla para si como lo hacen los campeones. Alguien más allá de los 8,90. Él los acaba de superar, pero el viento en primer lugar, y el secundario Powell después, le han negado lo que esa noche pensaba hacer suyo. Pero él es el campeón. Siempre lo ha sido, y rendirse no es la opción. Te frotas los ojos y le vuelves ver pasar a toda velocidad por el pasillo de salto. Un gran salto, larguísimo. Ahora con viento legal, pero a pesar de llegar hasta 8,87, su mejor marca personal, aún es insuficiente.

Powell, intentando calibrar tantas emociones, hace nulo en el sexto y último salto. Y tiembla. Se encoge por dentro. Siente el miedo de que un record mundial de 8,95 quizás, incluso, no sea suficiente. Lewis al último intento. ¿Alguien da más? Te agarras a tu asiento, ves a Powell morderse las uñas, y te preguntas en que dimensión ha entrado esa noche para parecer que es fácil y común lo extraordinario, lo único. El de Alabama vuelve a volar ante los flashes. Un enorme salto de nuevo. Increíble. Pero insuficiente. 8,84 para cerrar una noche mágica con cuatro saltos suyos por encima de 8,80 pero que no le valen para el oro, mientras que Mike Powell celebra su campeonato del mundo y su récord mundial. México 1968 es ya historia en los libros de atletismo.

“Eso es el salto de longitud. No es una serie de saltos, es un salto”, declara Lewis tras acabar el concurso, justo después de que el mejor salto de la historia haya derrotado a la mejor serie de saltos jamás realizada.

Tras ese día, Mike Powell, quizás sea recordado injustamente como hombre de un solo salto, como Beamon. Pero lejos de eso, aunque alejado de la irrepetible regularidad de Carl Lewis, Powell reeditó victoria en el mundial de 1993, y se cerró en sí mismo, y en Sestriere como campamento base, en una búsqueda inagotable de las condiciones más favorables (altitud, viento y menos centímetros antes de la tabla) para hacer grandes saltos, al tiempo que estaba convencido de que sus piernas escondían un salto aún más perfecto, pero que nunca pudo alcanzar (un año después llegó a 8,99, pero con exceso de viento). Tras Tokio, Lewis, con más de 30 años y relegado en las pruebas de velocidad, siguió agrandando su leyenda al ganar el oro en Barcelona y Atlanta para cerrar un círculo de cuatro victorias olímpicas seguidas.

Mientras, ya lejos del estadio olímpico de Tokio, crees que lo que ves no es más que un recuerdo, algo que ya pasó o la sombra de algo que vendrá. Comienzas a escuchar frases que entiendes. Has vuelto. Ya puedes abrir los ojos. Ya puedes ver ese pasillo que imaginabas frente a ti invitándote a correr hasta el foso. Ya puedes recordar los saltos que, todos los que éramos niños por aquel entonces, soñábamos con hacer saltando sobre la arena.

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