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Al hablar de Isabel Macías me viene a la memoria el Campeonato de España Universitario del año 2007, que se disputaba en Murcia. La participación en los Nacionales era condición sine quanon para competir en la Universiada, que ese año se disputaba en Bangkok. La zaragozana se alistó en los 1.500 metros pese a estar lesionada, y nada más sonar el pistoletazo de salida se retiró haciendo un amago de correr cojeando. La imagen resultó, como mínimo, chusca; se trataba, evidentemente, de un abandono premeditado para cumplir el trámite de comparecer en Murcia. Lo cierto es que su rodilla arrastraba una lesión tozuda; tanto que luego ni corrió en Tailandia (los 1.500 metros los ganó la rusa Olesya Chumajova con 4:09.32, una marca inaccesible para la Isabel de aquellos días), ni completó el resto de la temporada.

Ahí pensé que se acaba Isabel Macías como atleta de élite; estaba a punto de cumplir 23 años, no mejoraba marca, se lesionaba de gravedad, y parecía seguir el camino de otras mediofondistas españolas que jamás cuajaron, regulares entre el 4:15-4:20, asiduas del podio en campeonatos junior y promesa, pero sin verdaderos recursos físicos para encararmarse a la élite nacional.

Debo confesar ahora, al recordar mi escepticismo, que me llevé una desilusión en el sentido maño de la palabra. Por razones personales, pasé varios meses en Zaragoza entre 2007 y 2008, y solía acercarme a la pista del Centro Aragonés del Deporte, justo enfrente del recinto de la Expo,  para saciar mi sed de atletismo. Allí observé algún entrenamiento esporádico de Isabel Macías en una pista donde siempre hace viento -para las series cortas es mejor el anillo indoor, no recuerdo si le llaman el Huevo o el Huevito/Huevico-, y me transmitió la sensación de una mujer con los bemoles bien puestos. Para nada la niña mona de ojos moderadamente asiáticos -lo justo- que servidor, que presume de penetrar la psicología del prójimo, se barruntaba al verla.

A Macías, todo hay que decirlo, le ha costado encontrar su rumbo. Entre 2007 y 2010 vivió una época complicada. Natalia Rodríguez y Nuria Fernández se lo comían todo, adquirieron un nivel a años luz del resto. Y además estaba Iris Fuentes-Pila e incluso Dolores Checa, que en 2008 acreditó 4:02.77. A Isabel le estaba vedado luchar por una plaza en Europeos, Mundiales o Juegos Olímpicos. Se veía abocada a Universiadas y Europeos sub 23, si es que hacía la mínima; o si no se lesionaba, como le ocurrió en Murcia.

Pero si uno se fijaba bien, Isabel no se rendía. Seguía intentando hacer marca, mejorar. Se daba de bruces contra la realidad en el pelotón perseguidor, pero luchaba. La vi llorar con amargura en febrero de 2010 porque le habían sobrado unas centésimas para cumplir la mínima mundialista indoor de Doha. Eran lágrimas de rabia, de hoy me acuesto jodida, pero mañana me levanto a trabajar. En absoluto de niña mimada. Recuerdo que hablamos un par de minutos, y en su serenidad triste se percibía una mezcla de cabezonería y ambición.

Ahora las cosas han cambiado. Entre 2011 y 2013, a la edad en que maduran los buenos medionfondistas, Isabel Macías se halla en la cúspide del deporte nacional. Su medalla de plata en el Europeo de pista cubierta de Gotemburgo es la confirmación de que ha crecido tanto que ya está en primera línea europea, sobre todo ahora que, desgraciadamente, ya no nos creemos el ránking mundial femenino de los 1.500 metros; bueno, ni el de los 1.500 metros ni el de muchas otras disciplinas. Tal vez por eso siempre daré la razón a Isabel Macías en cualquier contencioso que mantuviera o mantuviese con Nuria Fernández.

Pero me estoy yendo de la cuestión. Lo que quería decir es que Macías ha dado un salto de calidad, arribando al estatus que presagiaban sus marcas de junior (4:18.10 en 2003). No tiene una zancada elegante, ha tropezado muchas veces en el camino y le ha costado horrores llegar, pero está aquí y se ha convertido en una baza razonablemente fiable para la selección. Le quedan, además, un par de años buenos. Tiene pendiente doblegar a la mejor versión de Natalia Rodríguez en la recta final de un Campeonato de España, arañar algún segundo a su MMP en 1.500 y actualizar seriamente la de 800, desfasada para su nivel contemporáneo; bueno, y ser finalista en Moscú, por supuesto. Pero, le vaya como le vaya, ya ha hecho lo más difícil: devolvernos la fe a los que pensamos que el ser humano crece cada vez que planta cara a las adversidades. 

Así que me alegro por Isabel Macías, cuya actitud admiro instintivamente; y a la alegría añado una pizca de cariño por los días en que le vi hacer aquellos entrenamientos de 2007/2008 enfrentada al viento frío del Moncayo que ha forjado, a las pruebas me remito, una mentalidad ganadora.

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Licenciado en Periodismo y corredor practicante (cada vez más lento) a razón de 4/5 días por semana. Ha desempeñado diversas responsabilidades en instituciones públicas, siempre en el área de comunicación, y ha participado en los equipos de prensa de varias campañas electorales autonómicas, nacionales y europeas. Autor del libro "El Derecho a la Fatiga", un estudio sobre el dopaje en las carreras de fondo y mediofondo.

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