Historias para no dormir (II): las lesiones de Derek Redmond

Publicado por 09/04/13 - 8:45

derekredmond

Hay atletas a los que se les recuerda por gana carreras, por lanzar muy lejos o por saltar muy alto. Después, tenemos a esos atletas que permanecen en la memoria del aficionado por todo lo que pudieron ser y no fueron. En el caso del británico cuatrocentista Derek Redmond, las lesiones le impidieron ser nada menos que campeón olímpico hasta en dos ocasiones. Su gesto de dolor en Barcelona’92, la imagen del pobre Redmond acompañado por su padre después de destrozarse una pierna en la contrarrecta de las semifinales de cuatrocientos metros, acompaña al atletismo en una historia mucho más espeluznante de lo que pueda parecer a simple vista. Les presentamos a Derek Redmond, el atleta que entre el dolor y la nada, eligió el dolor.

Porque Derek Redmond, talentoso británico, podría haber llegado mucho más alto si las lesiones no hubieran decidido cebarse con él. Y no es el recurso que se utiliza siempre para hablar de atletas malogrados: este cuatrocentista entró hasta trece veces en el quirófano por diferentes lesiones de bastante gravedad. Redmond empezó a destacar en la década de los ochenta, un cuatrocentista con un talento que nunca se había visto por las pistas de Gran Bretaña, un jovencito de padres caribeños que empezó dando vueltas a su manzana para batir su primer récord nacional de 400 metros en 1985 con 44.82 segundos. Derek tenía 20 años. El récord le duró poco, pronto se lo arrebató su compatriota Roger Black, pero a partir de ahí llegaron sus éxitos. Por aquel entonces nadie miraba a Derek Redmond con cara de pésame por sus tendones o isquiotibiales.

LLEGAN LAS MEDALLAS, PERO SÓLO EN RELEVOS

Los relevos fueron la prueba que consiguió poner una nota dulce en la amarga carrera deportiva de Derek Redmond. Campeón Europeo con el equipo británico en los campeonatos de Stuttgart en 1986, y oro mundial también en los relevos de Tokio 1991, además de una plata en Roma. Y un nuevo récord inglés en 1987 con una marca estratosférica de 44.50 segundos. No terminaba de cuajar en las pruebas individuales (4º en Stuttgart y 5º en Roma) pero daba igual, era joven. Derek Redmond ilusionó, y mucho, a los aficionados británicos, con unas marcas de primer orden mundial pero dando siempre la impresión de poder ir a más y seguir mejorando. Su entrenador Tony Hadley sabía que tenía entre las manos una mina de oro para el atletismo inglés.

SEÚL 1988: ATACA EL AQUILES

Puede parecer que la relación de Derek Redmond con las lesiones empezó en los Juegos Olímpicos de Barcelona, pero no fue así. Ya le gustaría al bueno de Derek. Su mayor enemigo siempre fue el tendón de aquiles, que le hizo pasar hasta una decena de veces por el quirófano a lo largo de su carrera deportiva. La primera gran víctima propiciatoria de esta caprichosa lesión fueron los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988. Redmond había batido el récord británico el año anterior, y llegaba en buena forma, suficiente para luchar por una medalla. Pero no pudo ser: ni siquiera saltó a la pista. Su propio cuerpo le avisó del peligro durante el calentamiento, y decidió retirarse para ganar otro día.

BARCELONA 1992: LA IMAGEN IMBORRABLE

Su victoria en el relevo de los Mundiales de Tokio en 1991 llenó de determinación a este británico, atleta de guerrilla que sabía que Barcelona era el lugar elegido para hacer su particular réquiem. Ese año no batió su propio récord,  no mejoró su marca, pero estaba en un estado de forma mucho mejor que otros años. Tanto que Derek era favorito al oro. Empezó bien la competición, cruzando la primera ronda y los cuartos de final ganando sus series con autoridad y dejando claro que había venido a resarcirse de una vez por todas. Tenía rivales duros en las semifinales, pero no importaba, porque Derek estaba muy fuerte y lo sabía. A partir de ahí, la historia la conocemos todos: una curva buena, media contrarrecta y de repente, un crac que todavía hace eco en la historia del atletismo. Un joven británico que cae al suelo mientras sueños, aspiraciones y años de entrenamiento levantan el vuelo hacia un lugar lejos de allí. Y un padre, Jim, que decidió convertirse en un homenaje viviente a todos los padres que se pelan de frío en las mañanas de domingo viendo a sus hijos competir, llevando a su Derek hasta la meta en una patética pero inspiradora metáfora de este deporte.

No es necesario que nos recreemos mucho más en la lesión de isquiotibiales que acabó con la carrera de Derek Redmond en aquellos Juegos Olímpicos de Barcelona, que han dado para una infinidad de vídeos inspiradores y de lágrima tímida. Para eso y para que el mismísimo Barack Obama resaltara la capacidad de esfuerzo y sufrimiento de este británico. Igual el presidente de los Estados Unidos no sabía que las lesiones habían marcado la carrera de Derek Redmond no sólo en su amargo final, sino también desde el principio.

Muchos atletas no hubieran llegado a esa última recta en Barcelona’92. Jóvenes talentosos que sabían que realizar un esfuerzo tan poético sólo terminaría por hipotecar las tres temporadas siguientes. Pero Derek Redmond ya sabía lo que era sufrir, lo que era perder una medalla olímpica por una lesión y decidió que era un momento tan bueno como cualquier otro para mandar todo a freír espárragos y escribir su propia historia, por mucho que el dolor se empeñara en intentar evitarlo. Al menos eso no pudieron quitárselo las lesiones. Lo único, quizás.

redmond

 

 

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Un comentario

  1. sambri
    (9-Abr-2013 | 15:25)

    Informe Robinson le hizo un reportage que todo el que quiera saber más sobre Redmond y ese momento mitico de la historia del deporte, debería ver.

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