Peter Snell es un nombre que no dice nada a las nuevas generaciones de atletas. Pero había que obligar a los cadetes y juveniles a conocer su historia. Este neozelandés ganó dos veces seguidas el oro olímpico en los 800 metros en los Juegos de Roma-1960 y de Tokio-1964, y además en esta última olimpiada llegó primero también en los 1.500 metros. Después se retiró de la competición, se matriculó en la universidad y enfocó su vida profesional hacia el deporte.

El 3 de febrero de 1962 –y no el 2 de febrero, como aseguran algunas fuentes–, en pleno verano austral en cualquier caso, Snell corrió en 1:44.3 en una pista de hierba. Sí, sí, de hierba. Nada de tartán, ni siquiera ceniza. Además ese día batió de paso el récord de 880 yardas (1:45.1). Transitó por el ecuador en 51.0, ayudado hasta ese punto por una liebre.

Desde entonces ha pasado medio siglo y nadie en su país, ni en su continente Oceanía –donde hay una nación tan potente como Australia–, ha conseguido superarle. Su compatriota que más se aproximó fue John Walker en 1974 con 1:44.92, hace 38 años. Otra reliquia de una tierra de mediofondistas míticos, como John Lovelock.

La verdad es que los récords de 800 metros siempre han sido difíciles. El dopaje no ha conseguido aquí que la evolución de las marcas sea tan vertiginosa como en otras carreras, quizá porque hay una mezcla de resistencia y velocidad muy difícil de sobrellevar químicamente, al menos, hasta la fecha. Baste decir que en los primeros diez puestos del ránking de todos los tiempos aún hay cronos con más de 25 años de antigüedad, como los de Sebastian Coe (1:41.73 en 1981), Joaquim Cruz (1:41.77 en 1984) o Sammy Kosgei (1:42.28 en 1984).

Históricamente, las plusmarcas han sido muy correosas. El alemán Rudolph Harbig corrió en 1:46.6 en 1939, y su proeza tardó 16 años en ser superada hasta que en 1955, el belga Roger Moens señaló 1:45.7 en el antiguo estadio Bislett de Oslo, aquél que sólo tenía seis calles, y en el que el público de la primera fila, si no hubiera estado compuesto por exquisitos aficionados nórdicos, hubiera podido desequilibrar al atleta del carril exterior con sólo alargar el brazo.

La marca de Snell, a nivel mundial, no ondeó en solitario durante mucho tiempo. El australiano Ralph Doubell la repitió en los Juegos Olímpicos de México-1968, aunque el cronometraje eléctrico arrojó un resultado final de 1:44.40; esa marca constituye la segunda mejor de todos los tiempos en Oceanía. También la igualó el inclasificable norteamericano David Wottle en 1972. Antes, en 1966, Jim Ryun anduvo a la par de la marca, pero no se homologó porque su crono de 1:44.3 fue una estimación, y no una constatación, del tiempo de paso en una vertigionosa prueba de 880 yardas (1:44.9).

Aún hay una sorpresa más: Snell no conserva el récord neozelandés de los 1.000 metros (hizo 2:16.6 en Aukland el 12 de noviembre de 1964) por un pestañeo. Se lo quitó, y por cierto aún lo mantiene, el mencionado John Walker en 1980 con 2:16.57, que también sigue siendo el kiwi más rápido en la milla, los 2.000 y los 3.000 metros, lo cual ya debería ser noticia, sino fuera por estos 50 añazos y un mes de plusmarca nacional y continental incólume de Peter Snell.

Y todo eso en un país de 4,4 millones de habitantes, pero con medallistas contemporáneos como Nick Willis, habla de la gigantesca talla de los deportistas neozelandeses de hoy y de ayer.

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