Úrsulas y Lamdassenes

Publicado por 08/08/12 - 17:09

En 1992, cuando España alcanzaba la gloria olímpica en todos los sentidos, Bill Clinton se presentó a sus primeras elecciones presidenciales con un eslogan dirigido a su adversario, Georges Bush padre: “Es la economía, estúpido”.

Pasa lo mismo con la selección española: no es el número de medallas ni de finalistas, sino el bajo rendimiento lo que nos deja desolados a todos; a los primeros, sin duda, a los atletas, que son los que sufren las derrotas en carne propia.

Porque ojalá me equivoque, pero el próximo 12 de agosto la selección rematará una de las actuaciones olímpicas más discretas de los últimos 30 años en términos de competitividad. Incluso Álvaro Rodríguez, el autor de un tuit con enjundia -“Soy español, ¿a que quieres que te defraude?”-, estará de acuerdo en que el balance es muy flojo. Que en muchos casos no hay excusas. Y en que la irritación de los espectadores no proviene de la falta de podios, tan difíciles y esquivos, sino de la actitud con que algunos, por su puesto no todos, afrontan los Juegos.

En este caldo de cultivo, la polémica de Ángel Mullera o de Sergio Sánchez se antoja estéril. La actuación del primero, que se empecinó en viajar a Londres por la puerta de atrás, sufrió una caída y se descolgó sin remisión, contrasta con la raza del canadiense Nathan Brannen, quien sin la menor sospecha de dopaje en su hoja de servicios, besó igualmente el tartán en el octavo hectómetro de su semifinal de 1.500 metros, pero tuvo suficiente coraje como para terminar en 3:39.26. Qué diferente sabor de boca deja en el buen aficionado la eliminación de uno y de otro.

Y cómo definir las declaraciones de Sergio Sánchez, acusando a Jesús España de ser perro del Hortelano de sus aspiraciones olímpicas: más le valdría emplear esa energía dialéctica en haber hecho la mínima A en 5.000 metros. ¿O es que Sergio Sánchez, descontando su invierno mágico de 2010, puede dar lecciones a nadie en la alta competición?

Habría que ver persona por persona. Pero el análisis, a bote pronto, es éste: las grandes campeonas, como Natalia Rodríguez o Marta Domínguez, ya no dan más de sí, muy a pesar suyo; mientras que las nuevas figuras, como los excepcionales Eusebio Cáceres y Javier Cienfuegos -valen mil veces más de lo han acreditado en Londres- siguen desperdiciando oportunidades y están empezando a sufrir el síndrome Pestano. Por no mencionar de que tenemos corredores de enorme valor, léase Kevin López, que no recuperan bien de un día para otro. O sea, que por fas o por nefas el relevo generacional, descontando excepciones, no se produce. Y la falta de chispa, la resignación, el encogimiento de marcas a la hora de la verdad, impide que los aficionados conecten sentimentalmente con sus representantes.

Se equivocan los atletas que sólo piden palmaditas en la espalda cuando han lanzado tres metros menos o corrido en un minuto más. Se equivocan los que se enfadan con la opinión pública, creyendo que les reclama imposibles cuando en realidad les pide estar a su nivel al menos en un gran campeonato en su vida, o sea, en un Mundial o unos Juegos. A estas alturas de la película no queremos un carro de medallas. El público ya sabe que los metales tienen un precio. Lo que exige es visualizar el esfuerzo, la superación. De eso va este deporte, cualquier deporte. Una Úrsula Ruiz que lanza más que nunca en la calificación de peso (17,99 metros) pasa el examen con nota aunque sea eliminada. Demuestra con hechos que es una mujer competitiva, que cuando se pone la camiseta de España, defiende con honor su condición olímpica.

En cambio, imágenes como la de Ayad Lamdassem en 10.000 metros, descolgado prácticamente desde el inicio, conformista, gris, pero curiosamente locuaz en la entrevista ante TVE -“la culpa ha sido del Ramadán”, razonó-, reporta tristeza y desencanto, ahora que tanto nos hace falta a los españoles una dosis de amor propio.

¿Que no siempre se puede ganar? ¿Que el atletismo es un deporte en el que dos más dos no son cuatro y llegan factores imprevistos que alteran el resultado? Pues claro que sí. Pero hay quien siempre falla el día D, sin remisión, compitiendo a años luz de su valor. Siempre. Y otros que están en la edad de comerse el mundo, y el mundo se los merienda a ellos.

Ver a Judit Plà cabeceando para arañar unas centésimas a su mejor marca personal o a Diana Martín pugnando en soledad por batir la suya asombra porque es gente que hace su trabajo lo mejor que puede, con toda dignidad, llegue en el puesto que llegue. Sin embargo el balance de Londres, de momento, es que en la selección Española hay menos Úrsulas y más Lamdassenes que nunca. Por eso se distancia el público. Por eso Álvaro Rodríguez siente en su twitter algo así como que los aficionados están esperando una decepción. Pero no es verdad, no hay aversión ni antipatía. Es el despecho del aficionado español por un amor no correspondido.

Foto | EFE

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