No sólo se corre para mejorar marca. Ni siquiera para mantener una determinada condición física que con los años se volverá insostenible. Se entrena porque correr es un proyecto en sí mismo, y los proyectos que emprende el ser humano –¿una empresa, una familia, un oficio, una pasión?– son la memoria de su artífice.

No importa que con la edad se vaya cada vez más despacio. Se disfruta igual si se echa una pizca de realismo, imaginación y amor propio.

Lo primero es aceptar las reglas del juego. Cuanto más años tienes, menos corres. Eso lo perciben, sobre todo, aquellos atletas que comenzaron muy jóvenes y conservan el recuerdo de las altas intensidades. Un fondista de élite acostumbrado a rodar a menos de 3:20 por kilómetro, de sopetón, no tiene sensaciones a 5:00; se siente extraño como un buzo en una piscina. Por eso se necesita un periodo de ajuste físico y mental.

Esa adaptación tiene que producirse también en la gente que, por razones laborales o domésticas, se queda sin tiempo para correr. Es obvio que si se entrena menos días o se dedica menos tiempo, disminuye la calidad de los ritmos. Así que, para alcanzar la madurez en el deporte, es necesario reeducar el cuerpo de manera que siga disfrutando pero a menos revoluciones. Dicho de otro modo: tenemos que montar nuestra propia estrategia para convivir en paz con los años.

Una vez se interioriza el envejecimiento o el empeoramiento atlético, hay que llevarlo, además, con dignidad. Casi con humor. El atletismo no es una profesión para el 99,99% de los participantes en una carrera popular, y hay que tomarlo como lo que es, una afición que hacemos lo mejor que se puede, con un nivel de exigencia ajustado al nivel de entrenamiento. Ni más, ni menos.

Esto último es importante. No existen los milagros en un ejercicio físico puro como el pedestrismo. O se vale una marca de 45 minutos en 10 kilómetros o no se hace. Punto. Hombre, puedes moverte en el entorno de unos ritmos, más/menos unos poquitos segundos según las sensaciones del día; y hay sesiones especiales en las que el esfuerzo se hace llevadero, de ésas que lamentas que no haya un juez a la vuelta de la esquina para cronometrarte. Pero nadie se acuesta como maratonista de 3.30:00 y se levanta valiendo media hora menos. Conocer los límites del cuerpo, en cada fase de la vida, es el primer mandamiento del corredor feliz.

Me explicó una vez un viejo atleta –40 años calzándose las zapatillas– que se tomaba el running como los niveles de un videojuego: las dificultades aumentan y puntuar se vuelve cada vez más difícil. La lucha ya no es contra el crono, sino contra las lesiones, la falta de recuperación, las obligaciones personales. No puedes descuidarte porque, al mínimo contratiempo, adiós a ese tesoro que se llama forma, aunque sea una forma cogida con alfileres.

La madurez en el deporte puede ser, incluso, más emocionante que ninguna otra etapa. Hay algo admirable en afrontar la vejez manteniendo las buenas costumbres. Quizá a un fondista en su mayor época de rendimiento, habituado a superar sus marcas personales, le parezca ridículo hacer 3 horas en maratón. “Si no es para bajar de 2.30, ni me pongo el dorsal”, se oye decir a muchos jóvenes. Pero cuando tengan 40, 50 ó 60 años, esas mismas 3 horas se convertirán en una motivación inmensa. Sólo hay que cambiar de mentalidad. Es lo que vemos en los cada vez más concurridos campeonatos de veteranos, en los que el hambre por las medallas y las finales relativiza las marcas. O las engrandece. Ver a un cincuentón bajar de 20 minutos en 5.000 metros es, verdaderamente, muy respetable; y si encima ese cincuentón trabaja ocho horas al día y tiene dos hijos que le esperan para hacer los deberes, habría que hacerle un monumento.

Otro truco consiste en cambiar de prueba. Si uno se ha pasado la vida compitiendo en los 1.500 metros, puede probar en 10.000 metros ó en maratón. E incluso en 200 ó 400 metros, según le apetezca. Lo importante es seguir activo. Una distancia nueva es tierra de oportunidades.

En cualquier caso, aunque el lector vaya muy despacio, aunque cada invierno le cueste más, no debe desanimarse. Correr tiene los efectos de una droga dulce y, con las correspondientes actualizaciones al DNI, el placer de la actividad física es el mismo a los 20 y a los 60. Además, envejecer corriendo es un privilegio y eleva el bienestar del atleta un millón de escalones por encima del común de los mortales sedentario.

Eso, por no mencionar que cumplir años con las zapatillas puestas –con o sin buenas marcas– constituye de por sí la victoria más importante de cualquier deportista; del hombre o la mujer que toman el control de su cuerpo y, pase lo que pase, construyen un modelo de vida saludable.

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