El largo camino hasta completar las 6 World Major Marathons

Publicado por 12/04/16 - 22:16

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Llevo corriendo toda la vida (al fin y al cabo, nacimos para correr), de forma más consciente desde los 16 años, cuando mi querido primo, Miguel Ángel Robles, me incluyó en su grupo de entrenamiento para opositar al INEF.

Desde entonces, el deporte ha sido mi compañero inseparable y fiel. Os reconozco, además, que soy mitómano, otra fuente de motivación. Mi filosofía, como la de Eric Liddell, de Carros de Fuego, es que explotando los dones recibidos honramos a Dios por ellos. Eric Liddell estableció un récord en una prueba que no era la suya, los 400 metros lisos, que tardó 25 años en ser batida. El secreto: la entrega total.

Pretender obtener éxitos sin esfuerzo aparente es cínico, como decía Harold Abrahams en la misma película. Hay muchas razones para correr; casi todas válidas, casi todas personales.

Aunque seguramente los corredores o los deportistas acabamos soltando tópicos como: “corro por salud”, “porque me siento bien”, “porque es mi momento personal”, “porque me relaja y me permite pensar…”; la diferencia entre cada uno de nosotros puede estar, como siempre en la vida, en los matices, en la elaboración personal de estas grandes razones.

Estas razones cambian con los años. A los 20 años corres porque desbordas salud, porque necesitas explotar tu vitalidad, porque te sientes un privilegiado. A los 30 corres para sentirte tú, para reforzar tu autoestima, para mejorar tu salud. Así, poco a poco, correr te ayuda a consolidar tu personalidad y a definir un estilo de vida. A los 40 corres para tener salud o para no perderla, para aguantar el ritmo que tus hijos te imponen, para recuperar recuerdos y sensaciones de ese joven o ese adolescente que ya no volverá, pero cuya sombra nos acompaña hasta el final de nuestra vida.

Como el melómano elabora sus sensaciones cuando escucha música y capta y siente cosas que otras personas no pueden, como el pintor o quien valora el arte percibe y siente cosas que otros no podemos, el corredor o el deportista puede llegar a elaborar sus sensaciones cuando hace deporte tanto o más. Eso depende, en mi opinión, de tu formación y de tu personalidad, de tu sensibilidad.

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Con 33 años me rompí el ligamento cruzado anterior. Las lesiones vienen cuando pierdes facultades, tu entrenamiento es irregular o llegas cansado a la competición. Es la historia de muchos deportistas cuando pasan de la veintena a la treintena. Trabajo, familia y entrenamientos irregulares. Pero en nuestros cerebros nos sentimos como si tuviésemos 20 años.

Pasé por el quirófano. La reconstrucción fue con mi tendón rotuliano, lo que implica quitar también un rectángulo de hueso de la rótula y de la tibia, donde se ancla el tendón (por esto esta plastia se conoce como hueso-tendón-hueso). Ya arrastraba una condromalacia pero el cuadro se agravó. Tuve un dolor enorme de la zona donante de mi autoinjerto del tendón rotuliano (morbilidad es el latinajo que usamos los médicos para definir el daño que hacemos con nuestros tratamientos, efectos colaterales en el mundo político o militar).

No podía correr ni 100 metros. Aquella recuperación la sufrí en Nueva York, en uno de mis períodos de rotación de tres meses en hospitales norteamericanos. Afortunadamente tenía una bicicleta y podía darme vueltas con ella por la parte sur de Manhattan y, algún fin de semana, por Central Park. Algo maravilloso, pero que no podía hacerme olvidar del todo mi limitación.

Cuando, dos años más tarde, mi mujer y yo compramos la casa, fue en una zona que me permitiera salir a montar en bicicleta. Las lesiones condicionaron hasta la elección de la vivienda. Pero la capacidad de recuperación del cuerpo es increíble, si se le da tiempo. Pasaron los meses y poco a poco pude correr algo, pero limitaba mi actividad a carreras de 5-10 km, 3 días a la semana, para que la rodilla no sufriera.

10 años más tarde, con 44, mi amigo y ahora Ironman, el Dr. Antonio Ríos quería quitarse 20 kg de encima, había decidido que no quería seguir compartiendo su vida con ellos. En ese periplo que le llevó “Del sillón a la maratón”, donde cuenta su epopeya, recuerdo el día en que le dije: “por un amigo me estropeo las rodillas un poco más”.

Así fue. Había corrido varias veces el Mapoma años atrás, sin prepararme. Pero la juventud es un tesoro de valor incalculable, hasta que se pierde. Recuerdo a un castizo diciéndonos, en una de las pruebas: “vamos, que los que tardáis 3 y 4 horas sois los que tenéis mérito, que el resto se han entrenado”.

Así que empezamos por 10 kilómetros, San Silvestre, luego media de Almería. Llegó el Mapoma de 2010 y yo iba a hacer mi tirada larga corriendo media junto a Antonio, pero la acabé. La vista estaba ya puesta en Nueva York. Correr la maratón de Nueva York era uno de mis sueños imposibles, el otro subir un 8000. Ya estaba más cerca. Entrenamientos en la casa de campo con mi amigo Rodrigo Jiménez. Este año me ha prometido que él va a hacer su primera, por fin, en Nueva York.

Llegó noviembre y allí coincidimos con el gran Martín Fiz, con Joseba Beloki… otra vez en la gran manzana, mi ciudad favorita. El momento de la partida, con el New York de Frank Sinatra y tanta emoción, fue brutal. En el puente Verrazano-Narrows, con miles de corredores, viviendo una descarga de adrenalina indescriptible, que sólo aumentaba con las innumerables bandas de música que jalonan todo el recorrido de la carrera a su paso por Brooklyn.

Pero nada que ver con el momento de silencio al atravesar el puente de Queensboro. Ahí no hay público, por motivos de seguridad. Desde él se puede ver el Hospital for Special Surgery, donde he pasado 6 meses y ese año había muerto uno de mis mentores. Tenía lágrimas en los ojos. Luego, sales del puente y ya estás en Manhattan y la horda de animadores es sobrecogedora.

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Así, poco a poco, completé la maratón soñada, llegué emocionado a Central Park, con calambres y saludando donde veía grupos de españoles con la bandera, esa de la que parece que nos avergonzamos pero que cuando estamos fuera nos damos cuenta de que nos hace sentir un poco en casa.

Fue una carrera épica, un hito, ganamos a Haile Gebrselassie. Antonio, Carlos Calderón, Alberto Ballesta…y otros 45.000 más.

En Berlin 2011 repetimos la historia. Haile volvió a retirarse y le ganamos todos. Pero sigue siendo nuestro héroe.

Después vino Londres, luego el año del calor terrible en Boston y Chicago 2012, donde cerramos el ciclo de las 5 major marathons de entonces.

La emoción cuando Antonio y yo entramos en la meta de Millenium Park es difícil de transmitir en palabras. Abrazos y tonterías, las cosas que hacemos los hombres cuando no somos capaces de controlar las emociones. La emoción compartida y el agradecimiento al comandante Luis Hita, nuestro padrino de viajes, con 99 maratones en sus piernas y docenas de ellas aún esperando para salir de sus piernas y de su corazón. Los recuerdos de esta etapa, los años dorados, son maravillosos.

La ilusión que no se compra en los supermercados, la emoción apenas disimulada, la recurrente musiquilla de Carros de Fuego, las palabras (Jenny, sé que Dios me hizo con un propósito, pero también me hizo rápido y siento que, cuando corro, se complace…Eric Liddlell…), un privilegio más allá de los tópicos de correr por salud, me falta algo y todas esas cosas que se oyen. La ilusión, la ilusión.

Y luego vino la otra cara. Al cabo de medio año sufrí una fractura de estrés del calcáneo. Lo interesante, como médico, es descubrir cómo el miedo nos quita una parte de lo que nos hace ser personas.

Llevaba con el tobillo hinchado y deformado meses, trabajando, sin correr, y no quería estudiarme porque sabía que era el fin de las carreras y, quizás de cualquier deporte de impacto. Finalmente me hice la resonancia. Baja laboral y demonios en mi cabeza.

El año 2013 y mitad del 2014 sin correr. Otra vez la bicicleta era mi consuelo.

Y anuncian que la maratón de Tokio iba a ser la sexta major, así que poco a poco, a probarme de nuevo. Quería intentarlo con Nacho Hernández, un amigo generoso hasta pensar más en tu carrera que en la suya.

Llegué a hacer medias y el sueño de Tokio estaba al alcance otra vez, pero lo más importante era que podía volver a correr, pese a la condromalacia (que tenía a raya con condroprotectores y otros tratamientos), pese al piramidal que hacía que algunos días fuera una tortura correr, pese a los calambres de los nervios del tobillo, secuelas de una operación y de la fractura del calcáneo… el cuerpo se va adaptando, cambias la forma de correr. Bajas, si se puede aún más, la velocidad. Pero estás otra vez subido a la cinta de la ilusión.

Faltando dos meses para la cita, Tokio 2015, volvió el lado oscuro. Rotura gigante del soleo. Frustrante. La historia del soleo es volver y volver para parar y parar. Parece que se ha ido, como un mal recuerdo, pero sigue ahí, agazapada, esperando para darte un zarpazo si no esperas lo suficiente.

Tuve que renunciar. Igual no era ya el tiempo de maratones. Paré completamente dos meses y empecé a correr, otra vez, poco a poco. Ese mismo año, tras llevar tres meses corriendo decidí apuntarme con Nacho, a quien había dejado solo en Tokio, a Chicago, donde había corrido la última. La ciudad del viento me traía buenos recuerdos, profesionales y personales.

Tenía mucha energía, o mucha ilusión, todo iba saliendo bien. Llegó octubre, llegó la maratón, volví a Chicago, como si todo hubiera sido un gran paréntesis desde el 2012 hasta el 2015. Y todo fue bien A pesar de los calambres desde el 30, corrí, me divertí, sufrí relativamente poco y terminé con la misma alegría y mejor tiempo que en el año 2012.

Ya estaba lanzado. De ahí a Tokio, a completar las seis majors. Me volví a preparar bien, el premio fueron los entrenamientos, la ilusión, la medalla era algo que sólo había que ir a recoger. Finalmente Nacho vino a acompañarme, en Tokio ya no sabrían vivir sin él, y yo no sé si acabaría ya una maratón sin su ayuda.

El día de la carrera no me levanté bien, dos horas y media de sueño, un desayuno mal digerido…, pero ya había pasado por esto. Me había reventado en Londres queriendo hacer marca, un error que me ha permitido entender que ese no es el camino, al menos a mi edad, y también me ha permitido transmitírselo a aquellos pacientes que pretenden ser mejores a los 50 que a los 30, exponiéndose a lesiones y frustraciones.

Otra de las lecciones aprendidas. Si no te encuentras bien baja un poco el ritmo, la carrera es exigente, es más frustrante parar por calambres en el 30 que llegar sin ellos, sin parar, tardando algo más. Como en la montaña, cuando tu vida está en juego, en la maratón también el “músculo” más importante es el cerebro.

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Y así fueron cumpliéndose los kilómetros y llegamos a la meta, ondeando la bandera que se ha convertido ya en testigo de nuestra euforia. Ahora las seis grandes son una realidad. La ilusión de estos años es el premio impagable.

Correr es otra forma de vivir algunas fases de la vida. Puedes ver montañas o subirlas, puedes ver ciudades desde el coche o a pie, puedes ver ríos o bajarlos en canoa, puedes andar por el desierto o verlo al amanecer desde un globo aerostático.

Para mi correr es un privilegio, cuyo pago es el sacrificio y el esfuerzo continuado y cuya recompensa es vivir mi vida en otra dimensión y a otra velocidad.

Dr. Manuel Villanueva
Traumatólogo
Director Médico Clínica Avanfi
www.doctorvillanueva.com
www.avanfi.com

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