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Manyim fulmina el récord sin despeinarse
La oscense Pueyo gana el maratón en mujeres pero se queda a 22 segundos de la mínima para Pekín
Sonrisas y lágrimas. Rostro alegre en el vencedor y llanto desconsolado en la ganadora. El Maratón Popular de Valencia, que cumplía 28 años, dejó dos fotografías totalmente diferentes. Philip Manyim cruzó la meta sonriente después de modificar el récord. El tiempo del keniano (2:11.29) mejora en 35 segundos el anterior, el que estableció Samson Loywapet hace un año. Mientras que una española, de Jaca, se impuso con un registro (2:32.22) que se quedó 22 segundos por encima de la marca mínima para acudir a los Juegos Olímpicos de Pekín.
Manyim no es nadie en la élite de los 42,195 kilómetros. Pero tiene una marca muy apetitosa para los maratones de segunda fila como el de Valencia. Sus 2:07.41, logrados hace tres años, ya valen un buen puñado de dólares. Permiten soñar a los organizadores. Pero cuando se trasladan a una prueba como esta, con mínima resonancia, suelen empeorar. Ayer mismo, por ejemplo, se corría el maratón de Tokio. Eso es otra historia. Más dinero, más población y una ubicación ideal para este 2008. Eso se traduce en 30.000 corredores, un test ideal para los Juegos y un ganador, el suizo Viktor Röthlin, uno de los mejores maratonianos del momento, con un tiempo de 2:07.23.
Pero Correcaminos se da con un canto en los dientes. Su presupuesto no permite pensar en un favorito como el suizo, subcampeón de Europa y bronce en el Mundial. Lo suyo es agenciarse un keniano como Manyim que permita rebajar el récord por segundo año consecutivo.
Pero hasta Manyim entiende de clases. Este chico de 29 años llegado del altiplano, de Eldoret, territorio comanche en estos momentos, se daba por satiefecho con correr en 2.11. "Estoy feliz. He venido a por el récord de la prueba y lo he conseguido. No se puede pedir más", aseguró el ganador del Maratón de Berlín en 2005.
El tiempo logrado en Valencia es casi cuatro minutos peor que su plusmarca personal. No se sulfura. El intento de mejora está reservado para un maratón de más alcurnia. "¿Bajar de 2:07.41? Sí, claro, pero eso lo intentaré más adelante, en el Maratón de París". El keniano adelanta que regresará a la mítica distancia dentro de dos meses para luchar con los mejores en París, uno de los mejores maratones del mundo.
Correcaminos sabía que su gran baza era Manyim. Y por eso lo llevó en carroza. La organización encontró en casa, en Valencia, una liebre perfecta, fiable. Hicham Echaittmi, pupilo de Andrés Mayordomo desde hace años, condujo al favorito al ritmo deseado. El marroquí mantuvo vivo el sueño en los primeros diez kilómetros (30.25) y en el medio maratón, el ecuador de la carrera, lo dejó en un tiempo (1:05.12) que aseguraba el récord.
Echaittmi estaba feliz. Él siempre ha sido un poco reticente a probar con distancias más largas. Pero su rol de liebre le ha convencido de que ahí puede estar el futuro. "Si he pasado en 1.05 significa que ahora mismo, sin prepararlo específicamente, ya valgo 1.03. Eso me ilusiona para más adelante".
La segunda mitad fue cuestión de paciencia. Mantener el ritmo y esperar el momento oportuno para despojarse de los paisanos que le acompañaban en el grupo cabecero. Así lograba su segundo triunfo en una prueba de 42.195 metros y el récord que le permite llevarse un botín de 8.000 euros. La primera llegó en la mejor actuación de su vida, en Berlín, donde se impuso con su plusmarca. Ese mismo año fue segundo en Roma con su segundo mejor registro (2:08.17). Un año antes había acabado decimocuarto en Amsterdam. Y después firmó un tercer puesto en Seúl, en 2006, y la pasada temporada, decimooctavo en Boston y cuarto en Berlín, en la carrera en la que Haile Gebrselassie batió el récord mundial de maratón (2:04.26).
La prueba femenina tomó color español después de que se desplomara la etíope Alemu Zimas. María José Pueyo se destacó pasado el kilómetro 25 y se llevó el triunfo en la carrera y en el Campeonato de España. Pero el premio más deseado, la mínima que le llevara a los Juegos Olímpicos, se esfumó por 22 segundos. Tras la atleta del Kelme Olimpo entraron Sandra Ruales y una valenciana, Marta Fernández de Castro. El Campeonato de España en hombres se lo llevó Asier Cuevas (2:15.00), que entró por delante de Elías Domínguez. El club anfitrión, además, vio como su gran esperanza, Andrés Navío, un jiennense enorme (1,87) afincado en Valencia desde hace 15 años, conseguía bajar de 2.30, algo que no lograba un atleta de Correcaminos desde el año 1991.
"No se puede explicar la rabia"
María José Pueyo no pudo contener el llanto. Fue una de las victorias más amargas de su vida. Dos horas y media de sufrimiento que no tuvieron la recompensa deseada: un billete para Pekín. La atleta de 37 años lo había conseguido todo: triunfo, título nacional y marca personal. Pero se había quedado a 22 segundos de los Juegos.
"No se puede explicar la rabia que sientes. Te preguntas dónde te has podido dejar esos segundos. He pasado bien la media (1:15.29) y tal vez ha sido a partir del kilómetro 35, donde se ha levantado un poco de viento", explicaba esta atleta que ya fue campeona de España en 2005 y que se entrena con José Fernando García.
Luis Miguel Landa, responsable de fondo de la Federación Española, era muy claro. "No puedo darle esperanzas. No será seleccionada". Pueyo, que estuvo en la Copa del Mundo en Edmonton y en el Europeo de Gotemburgo, se queda sin los Juegos.
"Vi a mi padre y apreté los dientes"
Las emociones fueron más contundentes que el cronómetro. Marta Fernández de Castro no logró el tiempo por el que había trabajado durante los últimos meses, pero la carrera, a cambio, le retornó sensaciones muy agradables. "La gente es la leche, tío, la leche". El público supo tocarle la fibra. Cuando uno tiene el ánimo por los suelos y el ácido láctico por las nubes se convierte en un ser muy sensible. Y Marta, 38 años, toda una vida en el atletismo, toda una vida en el Valencia, ahora apellidado Terra i Mar, antes Club de Fútbol, se emocionó oyendo los gritos de ánimo, los aplausos, los gestos de admiración.
La fondista logró acabar su primer maratón de Valencia. Se arrancó la espina que se clavó tras su fracaso en 2000. Y descubrió que correr en casa resulta más placentero que en Vitoria o en Londres o en París. Sólo aquí podía encontrar el revulsivo que salvó su segundo intento en Valencia. Corría el kilómetro 25 y ya andaba muy tocada. Pero en eso, a un lado, en la acera, descubrió dos rostros que le insuflaron las fuerzas que empezaban a escaparse. Dos generaciones. Su padre y su sobrino. Cariño y admiración. "Vi a mi padre y apreté los dientes. Estaba con mi sobrinillo y entendí que no les podía fallar". Y apretó los dientes. Siguió la estela de Kepa, ayer liebre, siempre amigo, que le prometió acompañarla hasta Blanquerías, la bisagra de la carrera, pero que también se emocionó y lo dio todo por su amiga.
Kepa, a ratos atleta, a ratos periodista, acabó haciendo su marca personal. "Ya no entiendo nada de este deporte", comentaba en la meta mientras veía a Marta subir al podio con una Senyera en las manos. Recompensa que llegó después de ganar el pulso contra el dolor. "En el kilómetro 30 decidí tirar el resto. Subí al tercer puesto e intenté ir a por la segunda, pero ya era muy difícil. Da igual. En el último kilómetro he sentido una alegría enorme".
La atleta del València Terra i Mar se quedó lejos de los 2.35 que se había imaginado como listón. "Y si todo iba muy bien, incluso bajar a 2.33". Pero se ve con fuerzas de seguir intentándolo. "En abril volveré a intentarlo". Suena a calentón. A orgullo herido. Este debería haber sido su último maratón a tope. Que no el último maratón. Aún queda, como mínimo, un viejo propósito: el Maratón de Nueva York, en noviembre. Y una despedida, con el año a punto de morir, en la prueba que más le identifica, la San Silvestre de Valencia. La carrera en la que, como ayer, Rita Barberá le esperará en la meta para darle un nuevo abrazo. Son muchos años en el candelero. Una como alcaldesa, la otra como atleta. Es su último año, aunque aún debe digerirlo.
El nuevo recorrido satisface a los atletas y disgusta a los conductores
El Maratón Popular de Valencia cerró con éxito su vigésimo octava edición. La Sociedad Deportiva Correcaminos puede darse por satisfecha. La carrera mejoró su récord en hombres y elevó de nuevo su censo. Más de 3.300 inscritos y más de 2.900 atletas que cruzaron la meta. Desde Philip Manyim, el ganador, hasta Purificación Alonso, la última clasificada, prácticamente todos acabaron satisfechos.
El nuevo recorrido, con el paso por el viejo cauce del Turia como parte ya del pasado, es más rápido y gusta más a los corredores. La salida resultó espectacular y para el público lo más cómodo fue comprobar que cerca de la salida encontraba tres puntos muy próximos para ver pasar a los corredores en tres puntos kilométricos diferentes de la prueba.
El ciudadano no quedó tan contento. El tráfico se resintió y muchos conductores protestaron por las calles cortadas que se encontraron. La alternativa del autobús tampoco funcionó y los retrasos marcaron la mañana.
La organización entiende que sólo hay una vía: aceptar la carrera como un motivo de orgullo para la ciudad y cerrar permanentemente el tráfico de las calles por las que pasa la carrera hasta que pase el último corredor.
Esta medida, además, beneficiaría al Maratón Popular de Valencia, que sueña con la etiqueta de plata de la IAAF y esta organización exige que el tráfico esté cortado durante todo el recorrido.
El maratón recibió a corredores de 32 países. Los más numerosos fueron los de Italia, Reino Unido, Alemania, Irlanda y Francia. La carrera coronó nuevamente a los cuatro atletas que han completado las 28 ediciones. Se trata de Juan Francisco Rubio, Manolo Gutiérrez, Manuel Sánchez y Domingo Mengual. Los que no pudieron llegar, por los problemas bélicos de su país, fueron dos de los atletas kenianos.
El día de los sueños
Todos los corredores que toman la salida en esta mítica carrera lo hacen con alguna ilusión
Alexander Vero es un tipo realmente peculiar. Un día, con un whisky en una mano y un cigarrillo en la otra, se puso a reflexionar sobre cómo habían decaído los corredores de fondo en Gran Bretaña. En los últimos años apenas había dos o tres ingleses capaces de correr un maratón en menos de dos horas y veinte minutos. Vero, que en aquel 2005 tenía 24 años y sobrepasaba los 100 kilos, apretó su pitillo contra el cenicero, apuró su bebida y lanzó un juramento. En dos años, dijo, iba a ser capaz de recorrer los 42,195 kilómetros en dos horas y cuarto, mínima para los Juegos Olímpicos, y viajaría con la selección a Pekín. El sueño de Vero serviría para recuperar la cultura del esfuerzo, que, a su juicio, se había perdido en su país, salvo en la modélica Paula Radcliffe.
Todo corredor que se alinea en la salida de un maratón tiene su sueño. No hay más que situarse cerca de la meta y ver llegar a los cientos y cientos de atletas. Uno de cada quince o veinte, más o menos, lanza un beso al cielo. Dedicatoria para alguien que ya no está con ellos. Otros burlan las normas y recorren los últimos metros con su hijo al brazo. Hay quien lo hace por amor, para adelgazar, para dejar de fumar. Siempre hay algo que empuja a un ciudadano, muchas veces pasivo, sedentario, a lanzarse a la carrera a pie.
Dario de Zordo es un trotamundos italiano que hace unos pocos años se instaló en Valencia, abrió un bar en la calle Borrull e inició una nueva vida. Años atrás, al norte de su país, llegó a ser un atleta notable. En Valencia siguió con las carreras de largo aliento, pero esta vez como afición, por gusto. De Zordo finalizó en 2:31.54, entre los 25 mejores, aunque lejos de su marca. Sus piernas ya no van tan ligeras como antes. Pero da igual. Su sueño era acabar la carrera y lo logró. A pesar de que se tuvo que detener en dos ocasiones por culpa de unos calambres en el gemelo.
De Zordo en tan inmigrante como los marroquíes que saltaron de África a Europa encima de una patera. Como es el caso de Hassane Ahouchar. El atleta del Cárnicas Serrano ya ha dejado atrás las penurias y, además, se ha hecho muy popular entre aquellos que corren las carreras que hay en los pueblos cada fin de semana. Porque Ahouchar gana una todas las semanas. El sueño de Ahouchar era un estreno digno en el maratón. Lo logró. Acabó entre los diez primeros y corrió en menos de 2.17.
Hasta los que organizan la carrera tienen sus sueños. El viejo Toni Lastra, uno de los padres de este maratón que nació hace 28 años, se despierta siempre esperando que aparezca un pastor del altiplano con tres pulmones que rompa todos los récords. Todavía no ha sucedido, pero no pierde la esperanza. Tal vez por ello, intrépido, cada año cruza apuestas imposibles. Ha vuelto a perder, pero lo que nunca perderá, aunque le cueste hasta andar, será la ilusión y el amor por el pedestrismo.
Ese culto por el esfuerzo, la familiarización con el dolor, es lo que reivindica Alex Vero con un proyecto que ha llamado Road to Beijing (Rumbo a Pekín). El año pasado, en su primer maratón, bajó de las tres horas. Ha visitado a etíopes y kenianos en el valle del Rift para conocer sus secretos, su metodología. El mismísimo Haile Gebrselassie, plusmarquista mundial de maratón, leyenda andante del atletismo, se entrevistó con él para darle algunos consejos. Vero pesa ahora 70 kilos y ha corrido un medio maratón en 1.13. Nadie cree en él. Pero el próximo 20 de abril acudirá a la línea de salida del Maratón de Londres, rodeado de muchos de los mejores especialistas en esta distancia, con la intención de correr por debajo de las dos horas y quince minutos. Es su sueño y nadie se lo puede arrebatar.
Fernando Miñana / Valencia
Fuente: Las Provincias
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