El de 1968 pasó a la historia como el año en el que, durante el mes de mayo, y utilizando la imaginación y los adoquines de las calles parisinas, se puso en marcha un movimiento que hizo que se tambalearan algunos de los elementos más significativos del sistema imperante en aquel tiempo en el mundo occidental.
Quizás por esa importancia del mes de mayo francés que con el paso del tiempo -incluso todavía hoy casi cuarenta años después- continúa produciendo centenares de libros y reportajes y miles de horas de debates, poco se ha hablado del mes de octubre de ese mismo año en México y de la masacre que en la plaza de Tlatelolco llevó a cabo el Ejército, cumpliendo órdenes del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien días después inauguraría unos Juegos Olímpicos, de los que permanecen en la memoria colectiva, seguramente más que ninguna otra, por las imágenes de los atletas afroamericanos que reivindicaban las ideas de los 'Panteras Negras'.
También resulta difícil de olvidar el magnífico salto de longitud de Bob Beamon, impensable para aquella época, y a Dick Fosbury, quien, en salto de altura, rompió para siempre con las técnicas que se venían empleando hasta ese momento.
Sin embargo, poco se habló de otro atleta llamado Al Oerter, también americano, que, como lanzador de disco, conseguía en aquellas Olimpíadas su cuarta medalla de oro consecutiva, tras su participación en otros tantos Juegos.
El arte antiguo dejó para la posteridad la escultura del discóbolo de Mirón, el artista griego que realizó una obra que lo convertiría en inmortal, hacia el año 455 antes de Cristo. México dejaba para la historia del deporte el nombre de otro discóbolo, Al Oerter, que se retiró de las competiciones aquel mismo año (aunque posteriormente todavía tuvo tiempo de batir, con cuarenta y tres años, todos sus récords), tras declarar que el doping estaba terminando con el deporte y que él no estaba dispuesto a participar o ser cómplice de esa lacra.
Está muy reciente la devolución de las medallas olímpicas que había conseguido la atleta Marion Jones, la retirada del maillot amarillo del Tour a Floyd Landis o la suspensión temporal de algún . Y son pocos los deportes que se salvan de la presencia numerosa de tramposos dispuestos a conseguir gloria y dinero sin importarles los métodos utilizados para obtener el triunfo.
Por eso, merece la pena hablar hoy de Al Oerter, fallecido hace unos días y que no sólo dejó huella con sus cuatro medallas de oro, sino que lo hizo con un comportamiento ético cuyo ejemplo deberían seguir los deportistas actuales, aunque, lamentablemente, esos principios no parecen cotizar al alza en los tiempos que vivimos.
19.10.2007 - Luis Felipe Capellín Corrada
Fuente: El Comercio Digital
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