Rocío Ríos, el coraje de una madre que se resiste a parar

Hasta que María Vasco «marchó» hacia el bronce en Sidney, ninguna atleta española había picado tan alto como Rocío Ríos en unos Juegos Olímpicos. Leonesa de nacimiento (13-3-69), gijonesa de adopción, Rocío dejó para la historia un quinto puesto en la prueba más emblemática del atletismo y del olimpismo. Fue en Atlanta, en 1996. Desde entonces, Rocío disfrutó de unos cuantos años más de plenitud, hasta que las lesiones empezaron a mermar su menudo cuerpo (1,56 y 49 kilos). Por eso y por su reciente maternidad, la carrera de Rocío parecía acabada. Pero ella se resiste y, cuando los dolores se lo permiten, se calza unas zapatillas para rodar y rodar.
Desde hace dos años, Rocío Ríos no consigue enlazar un bloque de entrenamientos mínimo para las necesidades de una fondista. Primero fue una plaga de microrroturas musculares en el gemelo. En abril, después de un año parada, en parte por el nacimiento de su hijo, Samuel, intentó empezar de cero. Pero en julio, nuevo contratiempo: «Pillé una lumbalgia por el peso del niño». En agosto, nuevo intento, y desde septiembre, un continuo querer y no poder: «Se me carga el gemelo cuando hago rodajes largos».
Rocío corre una media de diez u once kilómetros diarios, algo que no estaría nada mal si no fuese porque «estoy acostumbrada a hacerlos más rápido», precisa. Tantos contratiempo ha alterado sus planes: «Esperaba hacer una maratón antes de final de año y otra en abril para buscar la clasificación para Pekín. Pero no puedo porque, cuando llego a un punto, me pasa algo».
Aunque no podrá repetir su experiencia olímpica, Rocío no se ve como ex deportista. Ni siquiera ser madre le ha cambiado sus hábitos de vida: «Al contrario, ahora tengo más ganas todavía. A los 40 días de dar a luz ya empecé a entrenarme. Lo intenté durante el embarazo, pero me daban cólicos. Como me encanta correr, por mí seguiría siempre. No sólo es mi trabajo, sino que me gusta».
«Me atraía mucho competir en Pekín», añade Rocío, «pero si no reaparezco este año, será el que viene. Tengo 38 años y mucha gente anda bien en maratón sobre los 40». De momento no tiene entrenador («me arreglo yo sola»), ni equipo: «Como no me veía para competir en el campeonato de clubes, hice la ficha como independiente». Y a falta de preparación para una maratón, Rocío se conformaría con despedir 2008 corriendo cualquier prueba, «aunque sea la "San Silvestre"».
Rocío Ríos admira a la inglesa Paula Radclife, que acaba de ganar la maratón de Nueva York pocos meses después de ser madre. Y la ve como una afortunada por haber llevado tan bien el embarazo y la vuelta a la competición: «Yo al principio estaba muy ilusionada porque me habían dicho que después de tener un niño el cuerpo respondía muy bien, pero no he podido comprobarlo por culpa de las lesiones. Precisamente, eso me ha perjudicado. Me lo tomaba con tantas ganas que acababa estropeándolo todo».
Fuente: La Nueva España
La maratón más corta de Rocío
Rocío Ríos estuvo corriendo dos horas y media por las calles de Atlanta en una calurosa mañana del verano de 1996. Y le pareció poco. La gijonesa hizo una carrera tan reservona que llegó con ganas de más. Y se quedó con la sensación de que, con otra táctica, hubiese estado cerca del podio. Pero, al fin y al cabo, la quinta plaza olímpica es de largo el mejor recuerdo de su carrera deportiva. En la fotografía, Rocío Ríos posa en su casa de Gijón con el uniforme del equipo español en Atlanta y el diploma por su quinto puesto.

Rocío Ríos estaba tan a gusto con su experiencia olímpica que, por ella, hubiese seguido. Le parecieron poco los 42,195 kilómetros de la maratón de los Juegos de Atlanta. Y empezó a darle vueltas a la cabeza, a pensar que si hubiese apretado antes quizá a estas horas se encontraría en el exclusivo grupo de medallistas. Pero un quinto puesto no está nada mal, sobre todo para una atleta que viajó a Estados Unidos como la tercera opción entre las maratonianas españolas.
La maratón olímpica de Atlanta exigió más sacrificios que los propios de una prueba de larga distancia. Para combatir los efectos del calor y la humedad extremos, la carrera empezó a las 7 de la mañana. Para adaptarse, Rocío Ríos y sus compañeras empezaron a levantarse a las 4 de la mañana varios meses antes, en España, y los quince días previos que pasaron en la villa olímpica. Una exigente rutina que Ríos aceptó de buen grado con tal de llegar en las mejores condiciones a su cita más importante.
La atleta, que se trasladó a Gijón a los pocos meses de nacer en León, pudo preparar los Juegos con relativa tranquilidad. Había conseguido la mínima en noviembre de 1995, en la maratón de San Sebastián, con la mejor marca de su carrera (2-28-20). Le daba la razón a su entrenador, David Méndez, que siempre le había visto más competitiva en largas distancias. Todo lo contrario que algún responsable federativo, empeñado en que buscase la mínima en el 10.000, prueba ya entonces copada por las atletas africanas.
Rocío Ríos, que otras veces había pecado de precipitación, se planteó la maratón olímpica con muchas precauciones. «En los días previos, mi obsesión era no lesionarme. Y ya en carrera llegar a la meta para ser olímpica», recuerda Ríos, que en Atlanta fue de menos a más: «En los primeros kilómetros estuve tranquila en un grupo con mi compañera Mónica Pont. Al llegar a la media maratón vi que Mónica iba a menos y decidí tirar. Fui cogiendo a las mejores y al pasar por el 35 me dijeron que iba séptima».
«Finalista, pensé», añade Ríos reviviendo aquellos momentos: «Iba como una moto, si llega a quedar un kilómetro o dos más, seguro que cojo chapa. Normalmente, en una maratón llegas que no puedes con el alma, pero en Atlanta me quedé corta. Cuando entré en el estadio iba feliz, saludando a la gente, con la grada de la recta de meta llena. No me lo creía. Aquel momento fue el más feliz de mi vida, sólo superado ahora por el nacimiento de mis hijos. Acabar una maratón olímpica es lo mejor que te puede pasar. Y, encima, diploma».
En aquel momento, el quinto puesto le pareció magnífico. Empezó a darle vueltas cuando llegó a Gijón y su entrenador le dijo que podría haber sido medalla: «Según David, debería de haber tirado antes. Pero eso no se puede saber de antemano. Otras veces, como me encontraba muy bien salía a por todas y acababa pinchando».
Por lo demás, Rocío Ríos disfrutó como una niña de su experiencia olímpica. Cuatro años antes, pese a celebrarse en Barcelona, casi ni sabía lo que eran los Juegos. Desde 1996 es una devota del movimiento olímpico. Pese a las críticas de muchos deportistas a la organización de Atlanta, para la gijonesa todo estuvo perfecto. «Será porque son los únicos que conocí, pero estuve muy a gusto», explica Rocío. Destaca las emociones de la ceremonia inaugural, sobre todo la vuelta al estadio, y la oportunidad de ver de cerca a figuras como los atletas estadounidenses.
Una vez cerrada su participación, Rocío Ríos se dedicó a disfrutar de los Juegos como espectadora y como turista de Atlanta. «Muchos días cogía el tren y me iba sola hasta la ciudad porque las compañeras tenían familiares allí», señala Rocío, que relata como una anécdota su encuentro con Alberto Juantorena, el atleta cubano que entonces trabajaba para Adidas. «Como yo también tenía contrato con Adidas volví a España con cuatro maletas llenas de ropa».
En los años siguientes, Rocío Ríos se aplicó en el trabajo para repetir experiencia en Sidney. Un sueño que se esfumó en 1999: «En mayo tuve una rotura en el gemelo y no pude preparar bien la maratón. Lo intenté en el 10.000, pero salió fatal». La historia se repitió durante el siguiente ciclo olímpico: «Por bruta, nunca acababa de recuperarme de las lesiones».
No le quedaron ganas ni de ver los Juegos por televisión, hasta que en Pekín superó su depresión olímpica. Ahora tiene dos pequeñas y buenas razones en casa para mitigar su añoranza del atletismo, aunque pocos meses después de su segundo parto ha vuelto a calzarse las zapatillas. De momento, como cualquier atleta popular. Y con la maratón del Nueva York en el horizonte.
Rocío Ríos Pérez
Nació el 13 de marzo de 1969 en León, aunque vive en Gijón desde ese mismo año. Empezó a practicar el atletismo con 15 años, en el club Fumeru. Antes había jugado al balonmano y el baloncesto. También perteneció a los clubes Gijón Atletismo, Adidas, Oberón, Puma-Chapín de Jerez y Carrefour de Santander. Además del quinto puesto en la maratón de los Juegos Olímpicos de Atlanta-96, con un tiempo de 2-30-50, fue decimotercera en el Mundial de campo a través de Laussana-2003. Mantiene el récord de España de media maratón (1-09-59) logrado en Azkoitia en 1997. Dos medallas de bronce por equipos en los mundiales de media maratón 95 y 98.
Gijón, Mario D. Braña
Fuente: La Nueva España
Úlima edición por gijonés fecha: 09-03-2009 a las 16:48