Acabamos de gozar de la maravilla de ver los XXX Juegos Olímpicos en Londres y, como siempre, los amantes de los deportes, nos hemos saciado con sumo placer al contemplar la flor y nata del mundo entero luchar por ese noble CITIUS, ALTIUS, FORTIUS que el barón Pierre de Coubertin consiguió inculcar de nuevo a fines del siglo diecinueve a la juventud del mundo.

Desde entonces los deportes han recuperado ese espíritu de perfeccionamiento que el mundo había olvidado quizás un poco con el afán de las luchas políticas y materialistas que había despertado posiblemente Karl Marx o las revoluciones de varios países. Pero los deportes, que en su primera edición habían sido representados ya en Atenas por catorce países en 1896, florecieron de tal manera que en la actualidad más de doscientos estados tienen a gala tener su presencia en los Juegos Olímpicos.

Naturalmente los deportes, como todas las cosas de este mundo, han evolucionado también, y el termómetro de los récords ha sufrido (o gozado) unos cambios extremadamente importantes por poco que se examine con atención su valor en cuanto al esfuerzo que se necesita para su realización.

Partiremos de la base de su importancia en el momento en que Atenas permitió establecer la piedra de toque que representaba el enfrentamiento de los esforzados deportistas de las naciones que hicieron el primer paso en ese campo. Si los comparamos con lo que consta en los cuadros de las plusmarcas actuales, tendremos una idea de la magnitud que han adquirido y lo asombrosos y casi increíbles que parecen.

Claro está que todo depende de las circunstancias. Los participantes de ahora tienen probablemente el mismo ahínco, o quizá más (o quizá no), que pusieron los pioneros de l894, pero las condiciones de vida han cambiado, las técnicas se han perfeccionado, los medios materiales no son los mismos, los entrenamientos se han esmerado y todo lo que rodea su preparación se ha modernizado. Un participante actual del décatlon por ejemplo hubiera ganado en Atenas todas las pruebas de atletismo de entonces. Un saltador de pértiga moderno hubiera dejado boquiabierto todos los asistentes y un corredor de la maratón de nuestros días hubiera dejado muy atrás al mítico pastor Louis Spiridon.

Pero no pretendo evaluar todos los pormenores de la realmente fabulosa historia del olimpismo, y especialmente el salto de altura, cuando otros aficionados, como el atleta quizá más notable del atletismo español, el corredor Tomás Barris ha analizado con sus documentadísimas estudios todos los aspectos de esa afición.

Únicamente quiero retroceder hasta la sorprendente hazaña del saltador americano Dick Fosbury que, en Mejicó, en 1968 , contrariamente a todas las técnicas utilizadas hasta entonces, se proclamó campeón olímpico con 2,24 utilizando un estilo, ideado por él, que se transformó en la técnica utilizada ahora universalmente.

Para el salto de altura se han utilizado desde la antigüedad, numerosos estilos: desde de frente la elevación de las rodillas manteniendo el busto derecho, pasando por todas las posiciones, desde la tijera vertical a la tijera horizontal, tomando el impulso con una carrera perpendicular al obstáculo, o bien oblicua desde uno u otro lado, con el busto horizontal o inclinado hacia un lado como el escandinavo Kotkas, hasta que, en Europa, el saltador francés Pierre Lewden perfeccionó en los años veinte dicho estilo hasta conseguir el mayor rendimiento posible. El estilo Lewden, por muy vetusto que parezca, es el más perfeccionado, difícil y estético de todos. Mientras tanto en América se habían decantado más bien por el estiramiento horizontal sobre el listón. Crearon un estilo, llamado rodillo californiano, siendo Horine el primer atleta que franqueó los dos metros, hasta el punto que durante mucho tiempo ese estilo fue llamado estilo Horine.

Lewden fue entonces el atleta que más alto saltó por encima de su talla, ya que medía 1,67 m. y consiguió el record de Francia con 1,95 m.. En España, el atleta Ernesto Pons saltó siempre en dicho estilo hasta conseguir aupar el record en nuestro país hasta 1,91 m. Por su parte el rodillo americano evolucionó mucho, tanto allí como en Europa. En España Luis María Garriga alcanzó los dos metros en 1964 con el rodillo ventral y lo fue batiendo sucesivamente hasta alcanzar 2,13 m.

El rodillo costal paso pues a ser ventral, consiguiendo mejor la rotación horizontal sobre la barra, hasta el advenimiento de Fosbury que, como he dicho antes, revolucionó la prueba y, a partir de entonces, el récord fue subiendo paulatinamente. Se fueron consiguiendo marcas cada vez más asombrosas por atletas cada vez más especializados, entre los que destacaron entre otros el americano Charles Dumas (2,15) el ruso Yuri Stepanov (2,16) Valery Brumel que fue el que más veces lo mejoró hasta 2,28 m., Dwight Stones (2.31), Vladimir Yaschenko(2,34), Jacek Wszola(2,35), el chino Zhu Jian Kua(2.39), Igor Paklin(2.41), hasta que el cubano Javier Sotomayor lo ahupó hasta 2,45, y se van a cumplir los 20 años en que nadie haya sido capaz de mejorarlo.

El año 1936 fue un año importante para los Juegos Olímpicos. Independientemente de la influencia política que se tuvo que contrarrestar por celebrarse en Berlín, fueron unos Juegos que inculcaron una nueva inyección del espíritu deportivo para la juventud, que no ha hecho más que desarrollarse cada vez más como lo hemos podido comprobar desde entonces. Posiblemente la magnífica película realizada por Leni Riefensthal “Les Dieux du Stade” haya influido en que los Juegos Olímpicos se hayan convertido paulatinamente en un hito mundial.

Por mi parte ese año fue el que me inculcó, con ese acontecimiento, esa pasión que siento por dichos Juegos. Tanto fue así que empecé a practicar el atletismo y, desde ese mismo año empecé a competir, primero conmigo mismo, y luego, cuando he podido, con las pruebas que más me impresionaron: especialmente el salto de altura. Para mí, Cornelius Jonson, que fue medalla de oro en Berlín en esa prueba con 2,03 m. , se convirtió para mí en una especie de ídolo.

Me ilusioné tanto que quise aprender el estilo de Cornelius Johnson. Recopilé todas las fotografías que pude de sus saltos y reconstituí como una película del mismo, y en el estadio en el que empecé a entrenarme estuve un año esforzándome en saltar tratando de imitar todas aquellas posturas. El saltadero era una simple balsa de arena. Instalaba los altímetros y me estuve dando costalazos durante un año hasta que conseguí franquear el listón con relativa facilidad consiguiendo alturas mayores que las que había conseguido hasta entonces.

En aquel tiempo en Francia pertenecía yo una asociación gimnástica y en vista del placer que sentía cuando participaba en la prueba de salto en altura del club, me apunté al campeonato regional de atletismo El día de la prueba fui bastante emocionado al estadio y cuando empezó la competición noté que mis primeros saltos extrañaron un poco cuando vieron que en lugar de la tijereta vertical, como todos los participantes, pasaba por encima del listón horizontalmente y caía sobre la arena sobre mis manos y la pierna de batida. El caso es que gané la prueba y cual fue mi sorpresa cuando al día siguiente vi la reseña en el periódico local, y me di cuenta que añadieron que había batido el record regional del Rosellón.

Desde entonces participé en todas las competiciones que pude, fui finalista con esa prueba en cuatro campeonatos de España, en Valencia (1941), Madrid (1943), Tolosa (1944), Barcelona (1946), pero fui siempre un segundón, como los Oscars que dan a los artistas secundarios. Seguí practicando el atletismo hasta los años ochenta en el Club Natación Barcelona, pero no destaqué nunca en ninguna competición.

Ahora es cuando, desde el advenimiento de Fosbury, ha llegado el momento de recopilar todos les detalles de la técnica del salto para continuar la marcha ascendente del record desde donde lo ha dejado Sotomayor. La gran ventaja que aportó Fosbury es que, prescindiendo del reparo que había con pasar la cabeza sobre el listón en primer lugar, franqueó el Rubicón, y se hizo con el título Olímpico. Efectivamente, en el primer reglamento de las normas de atletismo se prohibía el pasar la cabeza antes que cualquier otra parte del cuerpo sobre la barra. Recuerdo haber tenido que repetir no pocos saltos por esa razón., pero desde Fosbury ya no se habló más de esa norma.

Había también el problema del aterrizaje. Esa caída del Fosbury sobre el cogote en los saltaderos con foso de arena de antaño hubiera podido resultar fatal. En cambio con las confortables colchonetas de goma espuma que se usan ahora se puede caer de cualquier manera. Pero lo más importante que impide un impulso total de la carrera es que, si bien se ataca el listón de frente, en el momento de la batida hay que efectuar una torsión para franquearlo de espalda y, además realizar la flexión de la cintura, bajando la parte superior del busto para facilitar la elevación de las piernas. Es notorio que los saltadores empiezan a doblar el cuello en los últimos pasos de la carrera para facilitar el giro.

Todo ese automatismo que hay que asimilar mengua la trayectoria del salto, y en muchas ocasiones provoca el roce del listón con la parte trasera de los muslos y causan el nulo. No cabe duda que desde que se utiliza el Fosbury las colchonetas son cada vez más altas para recibir unas caídas cada vez más desordenadas.

Hay que modificar el salto. Ese arqueó de los riñones debe desaparecer. La única ventaja que aporta ese cimbreo es que al bajar el busto hacia el foso, el equilibrio de la ley de gravedad permite que suban un poco más las caderas y las piernas franquean más fácilmente el listón.

Por más facilidad que se tenga en doblar la cintura hacia atrás, siempre es más fácil flexionar hacia delante como cuando se intenta tocar con los dedos la punta de los pies. El salto ideal es de frente y, sin torsión hacia ningún lado, atacar el listón de cara, pasar primero los brazos estirados, bajar más el busto con más facilidad, y, entonces sí, rodar, como en el salto mortal, completar la voltereta y aterrizar o sentado o sobre los pies.

La enorme ventaja de este salto estilo zambullida sobre el de Fosbury es que se puede aprovechar mucho mejor la velocidad de la carrera y que todo el esfuerzo se puede reservar para conseguir la mayor altura, sin embarazarse en torsiones, y conseguir así un mejor salto. Esa voltereta es fácil de asimilar, de la misma manera que el gimnasta ruso Andrianov introdujo en los años setenta el doble salto mortal en el ejercicio de suelo, de tal manera que ahora las más diminutas gimnastas lo incluyen 3 o 4 veces e la rutina de sus ejercicios. Por otra parte para formarse una idea más clara de ese estilo, basta ver el salto de un guepardo, que puede franquear fácilmente hasta doce metros de un brinco con una elegancia que demuestra que la naturaleza es mucho más perfecta que nosotros.

Espero que los jóvenes saltadores de ahora sientan alguna inquietud sobre ese tema, se familiaricen con ese estilo y se decidan a batir ese record. Sería un placer enorme para mi si pudiéramos ver dentro de cuatro años en Río de Janeiro batir esa maravillosa marca de Sotomayor y lo releguen a la galería de los Dioses del Estadio, mientras aquel insignificante y vetusto record del Rosellón de 1,65 m. de 1937 se hunde anónimamente en el pozo del olvido.
Frank Villalba
(Agosto 2012)