No existe otro verbo más adecuado para definir lo que hizo David Lekuta Rudisha con su propio récord mundial de ochocientos metros lisos. Decir que lo “batió”, lo “mejoró” o que lo “rebajó” sería como decir que Eric Clapton “toca bien” o que Marte “está lejos”. El masai más rápido del mundo devolvió a  la afición atlética a los mejores tiempos de Alberto Juantorena para cocinarse un récord de 1:40.91 segundos en las dos vueltas a la pista, no sólo estableciendo una plusmarca mundial de números imposibles sino además llevando al resto de los atletas a completar la final más rápida de todos los tiempos a nivel global. Un torrente de marcas personales, récords nacionales y plusmarcas mundiales que harán que el ochocientos de Londres cope puestos de honor en la historia del atletismo.

Pocos se habían aventurado en las quinielas a contradecir el previsible triunfo de David Lekuta Rudisha, pero el keniata no quería ganar. Quería arrasar, mutilar todas las marcas habidas y por haber tanto en las tablas de récords como en los tiempos de paso, revalidándose como hombre más rápido de todos los tiempos con 1:40.91 minutos, en toda la cara de Sir Sebastian Coe. Realmente, Rudisha hizo algo a lo que ya nos tiene acostumbrados, pero mucho más rápido: pasó la primera vuelta en menos de cincuenta segundos y apenas perdió un segundo en el segundo giro, pasando los seiscientos metros en unos espeluznantes 1:14 minutos, esto es, a ritmo de bajar de un minuto y cuarenta segundos. Alto, más musculado que la mayoría de los mediofondistas africanos y con un gesto de relajación como si la cosa no fuera con él, desplegó su imperial zancada para dejar sin opciones a unos rivales que rindieron a su mejor nivel para, en el mejor de los casos, olerle la espalda.

No sólo fue una carrera espectacular por el desorbitado récord de Rudisha, sino también por el altísimo nivel medio de la carrera. La marca del junior botswanés Nigel Amos, 1:41.73 minutos y récord mundial de su categoría que le catapultó a la segunda plaza, debería haber sido en circunstancias normales lo más destacado del mediofondo de unos Juegos Olímpicos. Igualmente deberían haberlo sido las marcas de Timothy Klum, Duane Solomon, Nick Symmonds o Andrew Osagie, la mayoría por debajo de un minuto y cuarenta y cuatro segundos, contribuyendo a hacer de la final de los ochocientos metros en Londres la más rápida de toda la historia complicando a las generaciones venideras toda posibilidad de mejorar el recorrido de esta distancia.

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