19 récords mundiales y 68 olímpicos cayeron en la altitud de la capital mexicana en un ambiente de revolución. Bob Beamon logró una de las mayores hazañas de la historia del deporte en la longitud, Dick Fosbury cambió para siempre la altura, África irrumpió en el fondo y los estadounidenses negros derribaron barreras históricas en la velocidad y aprovecharon el impacto de la cita para reclamar la igualdad social para su raza.

Nunca antes se había bajado de los 10 segundos en los 100 metros lisos. Ni de 20 en los 200. Ni de 44 en los 400. Tampoco nadie había visto saltar la altura de espaldas al listón ni que, de repente, cualquier pertiguista volase más allá de los cinco metros con esa facilidad. ¿Y la tradición africana en las pruebas de fondo? Todo empezó esa semana. De la nada al todo, África ganó todos los oros desde los 1.500 metros masculinos al maratón.

Y todo ocurrió en ocho días mágicos y eléctricos en el Estadio Olímpico Universitario de Ciudad de México. El atletismo mundial cruzó una frontera tras su semana más revolucionaria. Los milagros parecieron posibles entre el 13 y el 20 de octubre de 1968.

“Supimos que todo es posible en 1968”, cantaba Joaquín Sabina sobre el año del mayo francés, la Primavera de Praga, la contestación a la Guerra de Vietnam, el asesinato de Martin Luther King o la propia matanza en la Plaza de las Tres Culturas de la capital azteca días antes del inicio olímpico. El atletismo no fue ajeno a la corriente.

El deporte y la política volvieron a enredar sus inseparables lazos y la foto más icónica de México 68 también se tomó en el estadio de atletismo. En el podio de los 200 metros, los estadounidenses negros Tommie Smith, oro, y John Carlos, bronce, con la solidaridad del australiano blanco Peter Norman, plata, lucen calcetines negros y levantan el puño enfundado en un guante del mismo color. Agachan la cabeza mientras suena el himno. “En la pista eres Tommie Smith, el hombre más rápido del mundo, pero una vez que estás en los vestuarios no eres más que un negro sucio. Protestamos contra el destino de los negros, contra la indignidad en que se encuentran en los Estados Unidos y en otras partes del mundo”.

Tommie Smith Mexico 68

El Black Power ya quedará unido para siempre a esos Juegos Olímpicos. A la mañana siguiente, los atletas cuelgan una sábana a modo de pancarta en la que piden el cese del autoritario y reaccionario presidente del Comité Olímpico Internacional Avery Brundage. Smith y Carlos son expulsados de la villa olímpica pero la mecha encendida por su protesta se propaga entre los atletas afroamericanos. Dos días más tarde, el prodigio deportivo de los 400 metros queda de nuevo relegado por el simbolismo de su celebración. Lee Evans, Larry James y Ronald Freeman, también estadounidenses y negros, copan el podio con tres boinas negras y escuchan el himno con el puño levantado.

Mucho más que atletas reivindicativos

Las protestas sociales encubrieron los extraordinarios logros deportivos de la velocidad. Jim Hines, de 22 años, aprovechó el avance del cronometraje electrónico para convertirse en el primer hombre que bajaba de los 10 segundos en el hectómetro y llevar al relevo estadounidense hacia otra plusmarca (38.24). Sus 9.95, cinco centésimas menos que el récord que marcó Bob Hayes cuatro años antes, sobrevivieron 15 años como récord mundial.

Más salvaje fue aún lo del espigado Tommie Smith, de 24 años. Antes de levantar el puño completó los 200 metros en 19.83, abriendo la era de los sub-20 segundos en la prueba de la curva a pesar de levantar los brazos para celebrar su hazaña antes incluso de cruzar la meta. Smith entró en la recta persiguiendo a un Carlos cada vez más crispado, pero su zancada fue insuperable en los últimos 60 metros.

En los 400 metros dos hombres bajaron por primera vez en la historia de los 44 segundos. Larry James, que poseía el récord (44.19) desde un mes antes, batió su propia plusmarca (43.97) y a la vez la perdió ante un desbocado Lee Evans (43.86), que se destacó desde antes de la mitad de la prueba y aún tuvo fuerzas para remontar el último latigazo de James. Evans, de 21 años, completó la vuelta a la pista espoleado por la rabia tras ver el desprecio de las autoridades olímpicas y estadounidenses a sus amigos Smith y Carlos en las últimas horas. La fuerza del Black Power se extendió después hasta el relevo 4×400 metros, con otra victoria y récord del mundo (2:56.16).

La oleada de récords del mundo se alcanzó hasta la frontera del mediofondo, los 800 metros. Pese a que la altitud de México D.F. de más de 2.250 metros creaba una menor densidad del aire que favorecía las grandes marcas en las pruebas explosivas y penalizaba las de resistencia, el australiano Ralph Doubell acabó también con la plusmarca de las dos vueltas con 1:44.40.

África llega al atletismo

Incluso en los 1.500 metros el keniano Kipchoge Keino consiguió correr más rápido de lo que nunca se había hecho antes en los Juegos Olímpicos con 3:34.91. Keino fue también subcampeón de los 5.000 metros, por detrás del tunecino Mohamed Gammoudi, que logró el bronce en los 10.000 metros, prueba en la que se colgó el oro el keniano Neftali Temu, también tercero en los 5.000. La plata de los 10.000 fue para el etíope Mamo Wolde, días antes de ganar la maratón.

Todo ese protagonismo africano en el fondo es lo habitual en nuestros días pero supuso otra de las revoluciones de México 68. Kenia había ganado en Tokyo 1964 la primera medalla olímpica de su historia con el bronce de Wilson Kiprugut en los 800 metros. En México el atletismo keniano explotó con 8 medallas. Y desde entonces no ha fallado hasta alcanzar las 93.

Etiopía ya se había adelantado con el mítico Abebe Bikila, ganando descalzo el maratón de Roma 60 y repitiendo cuatro años después. En México, Bikila abandonó antes de la mitad de la prueba, pero Wolde dio continuidad a una fábrica de fondistas etíope aún inagotable.

El juego de los cronómetros quebrados continuó en las vallas con el estadounidense negro Willie Davenport en los 110 metros vallas (13.33, récord olímpico) y con el inglés blanco David Hemery, que terminó con la plusmarca mundial de los 400 metros vallas (48.12) a pesar de la lluvia de esa tarde.

Los concursos tampoco fueron ajenos a la furia olímpica de México. Nunca se lanzó tanto en unos Juegos Olímpicos como lo hicieron Randy Matson en peso (20,54 metros), Gyula Zsivotzky en martillo (73,36 m), Janis Lusis en jabalina (90,10 m) ni Al Oerter en disco (64,78 m). El último acrecentó su leyenda al ganar su cuarto oro olímpico consecutivo a los 32 años a pesar de no llegar como favorito.

La pértiga cambia para siempre

Solo una vez en la historia se había pasado de 17 metros en el triple salto. Tres lo hicieron legalmente en México, con el soviético Viktor Saneyev como nuevo dueño del oro y la plusmarca con 17,39 metros.

Nada comparado a lo que sucedió en el salto con pértiga. Por un centímetro, Robert Seagren no pudo con el récord mundial (5,40 m), pero hasta 11 de los 14 finalistas saltaron más de lo que nunca se había hecho antes en los Juegos Olímpicos. Hasta el español Ignacio Sola, 9º con 5,20 m, disfrutó durante unos minutos de la gloria de un récord olímpico que se iban quitando los atletas a cada salto en una final que duró más de ocho horas.

No fue casual. La sustitución de las pértigas de acero por las de fibra de vidrio y del foso de arena por las colchonetas para sostener la recepción abrió una nueva época para la pértiga que se hizo en México más patente que nunca.

La aparición de las colchonetas favoreció también una nueva forma de afrontar el salto de altura. El hegemónico estilo de rodillo ventral, consistente en pasar el listón mirando hacia él salió de México herido de muerte frente al “Fosbury flop” o salto de espaldas, que ha llegado hasta nuestros días.

El joven estadounidense Dick Fosbury, de 21 años, ya había probado esa nueva técnica en múltiples campeonatos desde su juventud. Cualquier estilo habitual hasta entonces se le atragantaba. El uso en el magnífico escenario olímpico de México y su resultado, oro y récord olímpico con 2,24 metros, convirtió a Fosbury en un genio innovador que, después de unos años de pruebas, sería fielmente seguido por todos los futuros atletas de la especialidad.

El salto sideral de Beamon

Pero nada alcanzó la relevancia de lo que ocurrió en el salto de longitud. El 18 de octubre a primera hora de la tarde el deporte mundial fue sacudido por una de las hazañas más salvajes de su historia.

Bob Beamon, un estudiante negro de la Universidad de Texas de 22 años y uno de los candidatos al oro en el foso con una mejor marca de 8,33 metros, a dos centímetros del récord mundial de entonces, hizo una carrera de 19 zancadas y voló con la técnica de los dos pasos y medio en el aire hasta aterrizar fuera de cualquier previsión. El foso no estaba preparado para ese avance sideral.

Hubo que sacar la cinta métrica para medir tal salto y esperar 20 minutos a la resolución: 8,90 metros. Beamon superó en 55 centímetros el anterior récord y mantuvo 23 años el nuevo. Medio siglo después, sólo Mike Powell (8,95 metros en el Mundial de Tokio 91) ha llegado más lejos con viento legal.

La revolución de Beamon pudo no ocurrir. Hasta las mayores gestas tienen un camino caprichoso. El desgarbado saltador cometió dos nulos en la calificación y, al borde del KO, sólo consiguió colarse a la final en el tercer intento. Como a Lee Evans, la expulsión de la Villa Olímpica de Smith y Carlos le indignó tanto que pensó seriamente en boicotear la final. Ya en ella, Beamon firmó su vuelo mágico con el viento a favor al límite de lo legal, exactamente a 2 m/s. Y después de su impacto, la lluvia empezó a descargar sobre el Estadio Olímpico y arruinó la final. El subcampeón, Klaus Beer, sólo pudo saltar 8,19 metros.

Con 12 pruebas aún en el programa olímpico y sin la llegada de África, las mujeres no pudieron igualar las hazañas de los hombres, pero se ganaron su cuota en la revolución del atletismo de México con otro puñado de récords.

Wyomia Tyus batió para EEUU el récord mundial de los 100 metros (11.08) y lideró otro en el relevo 4×100 (42.88). La polaca Irena Szewinska (22.58) acabó con el de 200 metros y la rumana Viorica Viscopoleanu extendió la plusmarca de longitud a 6,82 metros. Margitta Gummel, de la ya siempre sospechosa Alemania Oriental, pasó por primera vez de 19 metros en peso (19,61 m).

España ni siquiera pudo incluir atletas femeninas en su delegación de 10 atletas, donde además del récord olímpico momentáneo de Sola en pértiga, destacó los 11º puestos de Luis María Garriga en altura y de Javier Álvarez en los 3.000 metros obstáculos y el 12º de Luis Felipe ‘Pipe’ Areta en triple salto.

Al menos todos pueden contar, 50 años después, el privilegio de formar parte de la semana más apasionante del atletismo, la de México 68.

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