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Los positivos de Tyson Gay y Asafa Powell, anunciados este domingo, agrandan la herida del deporte. Ni más alto, ni más lejos, ni más rápido, ni gaitas. Vivimos la era del doctor-power. Es evidente que el atletismo se halla -con honrosas excepciones- instalado en un cinismo perpetuo; en un círculo vicioso de trampas que disparatan y disparatarán los récords. El dopaje convive con la élite, punto. Jamaicanos, kenianos, etíopes, americanos, rusos, españoles… aquí no se salva nadie. Puede que sólo uno de cada mil casos de dopaje sea un error: el cálculo no es mío, que a fin de cuentas soy un pobrecito hablador, sino de un laboratorio internacional con sede en Suiza. 

Basta de filetes de carne adulterados, bebidas manipuladas por las fuerzas del mal y policías perversos que nos registran la casa porque les da por ahí. Basta de pretextos, basta de mentiras. Tal es el grado de corrupción del atletismo que, al igual que el ciclismo, está perdiendo a marchas forzadas el derecho a la presunción de inocencia. Ya sólo mi hija Sara -tres meses el jueves pasado- desconoce que para ser profesional del deporte hay que aceptar ciertas reglas.  Lo demás es un irritante paripé, un puñado de frases políticamente correctas que apenas esconden la miserable realidad: que si no te dopas, no come tu familia.

Así las cosas, al doping le está pasando en el siglo XXI como a los límites de velocidad en las autopistas. Mientras pases por el radar a menos de 120 kilómetros por hora, no hay que preocuparse. Poco importa que entre medio circules a 220. Lo trascendental es que no te multen. Y hasta puedes mantener una doble vida acelerando a solas, pero presumiendo en público de contención al volante.

Hablemos con el corazón en la mano. Hoy por hoy, antes de cualquier competición, se libra una batalla más importante, más sórdida, más estratégica, que es la de tener la taquilla limpia cuando te inspeccionan, sea o no por sorpresa. Y como por muy sofisticados que sean los métodos la trampa va siempre por delante de la ley; como hay tecnicismos legales para marear la perdiz y minimizar o salvarse de condena incluso en los casos más flagrantes (que se lo pregunten a Eufemiano Fuentes y a las 200 bolsas de sangre de sus clientes, Alejandro Valverde y alguno más excluido); y como las sanciones no tienen efecto retroactivo porque sería un disparate jurídico aunque tenga sentido deportivo, y Alemayehu Bezabeh o Alberto García pueden seguir ostentando las dos mejores marcas españolas de 5.000 metros de la historia; y como no se toca el bolsillo de los atletas ni de sus médicos o gurús, y aquí paz y allá gloria con las ganancias de los tahúres; por todo eso y mucho más, doparse merece la pena. Recordemos al condenado Alberto Contador, que ya está en puestos de podio del Tour de Francia, y encima si le mentan la bicha se ofende, arropado por la muchachada que vela por su hematocrito.

Bueno, claro, el culpable por supuesto tiene derecho a demostrar su redención. Que se equivocó haciendo trampas, y vuelve limpio. O que se dopó en un momento puntual, y nunca antes o después volvió a hacerlo. Pero uno ha sufrido también tantas decepciones en ese ámbito, que se vuelve más incrédulo que la exesposa de Berlusconi.  Baste recordar que el atletismo es un deporte objetivamente mesurable en segundos y metros, y que esas rehabilitaciones producen náuseas cuando el infractor regresa de su castigo con una potencia semejante o mayor que cuando se dopaba.

Al deporte, al fin y al cabo, le ocurre lo mismo que al resto de la sociedad. Cualquier actividad humana con dinero en juego esconde su propio atajo, una forma de burlar las reglas. Da igual que sea correr, hacer política o invertir en bolsa. Las personas somos así, simplemente. Estamos llenas de contradicciones, yo el primero. Quizá por eso ya no cabe ni juzgar el simple acto de haberse dopado, porque la enfermedad se ha convertido en epidemia, y es notorio que los positivos que caza la Agencia Mundial Antidopaje son una gotita en el inmenso océano.

Así que propongo que a partir de ahora, descontado que el dopaje forma parte del ecosistema, nos fijemos en otras cualidades para coronar a un ídolo. Por ejemplo, en si el campeón, una vez descubierto, admite su culpa y asume con valentía las consecuencias de sus actos. O sea, si le echa cojones u ovarios para explicar que el deporte es un circo, y que no cobras si no estás a la altura de la función. Y en este orden de ideas, otorgar medallas de oro, plata y bronce a la sinceridad, aunque sea una sinceridad tardía, resignada, de las que se arrancan porque ya no queda otro remedio.

No obstante, temo que ni por ésas. Asafa Powell, por decir un nombre, lo ha negado todo. El ser humano prefiere cien días colorado a pasar uno rojo. Y así nos va en el deporte y todos los ámbitos. Qué lástima que ni siquiera el otrora serio Tyson Gay -imagen hasta ayer de la campaña Believe contra el dopaje-, entre sollozos y erráticas culpas a terceros, no haya entendido que en esa rueda de prensa en la que anunció su positivo sólo valía la verdad; que tenía que haber sido más bravo y valiente que en ninguna jodida carrera de su vida.

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