Atletismo
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Diario de Jaelc

  1. #4821
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    Sep 2010
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    Rivas
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    FELIZ AÑO 2015 compi, que este año, nos deje por disfruta un poco mas que el año que se va.

  2. #4822
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    Cita Originalmente escrito por Beltz Ver Mensaje
    Hoy te voy a mandar una foto de una cruz muy chula. Asi como de felicitación de Navidad.
    Ahora cada vez que veo una me acuerdo de tí.
    Felicies Fiestas!!
    a mi me pasa lo mismo! ajjajaja
    Hasta cuando veo la cruz de entreno que me toca me acuerdo de Jaelc jajajaja
    es quan corro que hi veig clar!!

  3. #4823
    Fecha de Ingreso
    Feb 2012
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    Cita Originalmente escrito por sisjag Ver Mensaje
    FELIZ AÑO 2015 compi, que este año, nos deje por disfruta un poco mas que el año que se va.
    Buen brindis, si señor!!!

    Cita Originalmente escrito por barjuri Ver Mensaje
    a mi me pasa lo mismo! ajjajaja
    Hasta cuando veo la cruz de entreno que me toca me acuerdo de Jaelc jajajaja
    Jajaja, soy un calvario!!!
    Carpe Diem, Tempus Fugit !!!
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  4. #4824
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    Jun 2013
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    Olot (Girona)
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    2.421
    Tenguiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii !!!!!! Tienes el mismo reloj que yo
    Si tienes cualquier duda con él, yo ya tengo un máster
    Va genial !!!

    Guapa la salidota final de año!!

    Feliz año nuevo!!!!
    Para el próximo año te deseo... un año lleno de aventuras jaelquianas
    es quan corro que hi veig clar!!

  5. #4825
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    Feb 2012
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    Hoy he hecho entreno base 10k con 149 ppm (R0) a 7:38min/km
    Aqui hay faena de la güena, jajaja
    Pico y pala!!!
    Carpe Diem, Tempus Fugit !!!
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  6. #4826
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    Dec 2013
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    Terrassa
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    Pues venga, a darle caña!!
    Mis Marcas
    5K: 20:23 el 30/03/14 10K Montgat
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    Media Maratón: 1:35:23 el 09/04/14 entrenando

    MI DIARIO

  7. #4827
    Fecha de Ingreso
    Feb 2012
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    Cita Originalmente escrito por barjuri Ver Mensaje
    Tenguiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii !!!!!! Tienes el mismo reloj que yo
    Si tienes cualquier duda con él, yo ya tengo un máster
    Va genial !!!
    Guapa la salidota final de año!!
    Feliz año nuevo!!!!
    Para el próximo año te deseo... un año lleno de aventuras jaelquianas
    Es bastante intuitivo, la verdad!
    Y va de lujo, ahora a por las zapas!

    Cita Originalmente escrito por Armandilio Ver Mensaje
    Pues venga, a darle caña!!
    Al lio!
    Si es que estoy baja bajo bajísimo!!!
    Jajaja
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  8. #4828
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    Feb 2012
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    Hoy otra salida base a R0 (150bpm) para 7:09 min/km en 16,7 kms!
    Me he sentido muy cómodo y a gusto, vamos bien!!!
    Carpe Diem, Tempus Fugit !!!
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  9. #4829
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    Oct 2011
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    Muy buenas las salidas base y si no que se lo pregunten a barjuri jajaja.
    PRÓXIMOS OBJETIVOS

    LO QUE VAYA SURGIENDO

  10. #4830
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    Feb 2012
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    El Incansable Filípides

    De cómo fue el fin de Filipides…

    Acababa de dejar atrás el Istmo de Corinto. Un fuerte flato en el costado lo hizo frenar en seco. A menos de un estadio, una fronda, en la que podía hacer un receso para recuperar el resuello.
    Llegó al soto y se derrumbó exhausto. Un manantial de aguas prístinas contribuía a mitigar el sofocante calor. En una roca cercana un pastor descansaba sacando notas a su caramillo, sin perder de vista a su rebaño que pastaba a unos pasos.
    Sin decir nada, el pastor se levantó y ofreció al joven derrengado una calabaza con agua fresquísima. El corredor bebió un largo sorbo y sonrió agradecido.
    - Mucha prisa has de tener, viajero, corriendo de esa manera, justo cuando Helios se muestra más inmisericorde.
    - Prisa tengo. Más de la que quisiera.
    El pastor se dio cuenta de que no iba a sacar más información de aquel joven. Se limitó a agradecerles a los dioses el regalo de aquella compañía, que lo sacara por unos instantes de su eterna monotonía. Se dirigió a su zurrón. Sacó de allí una piel de oveja reseca que tendió en forma de mantel frente a su invitado. Colocó una buena hogaza de pan negro, un buen cacho de queso de sus propias ovejas, cecina de cabra y un puñado de higos secos.
    - Acepta, al menos, compartir conmigo esta humilde colación. No creo que aguantes mucho más tiempo tu viaje, si no repones fuerzas.
    - Los dioses te colmen de bendiciones por tu filoxenía. Acepto, gustoso, tu ofrecimiento. Permíteme tan sólo que me refresque un poco en esa poza.
    El forastero se despojó de la clámide, un manto corto que permitía desenvolverse con comodidad con ambos brazos, y la corta túnica llamada exómida. Desnudo se sumergió en las cristalinas aguas.
    El pastor observó absorto la belleza de aquel cuerpo. Por su bronceado, por sus manos parecía un campesino. Sus músculos, semejantes o más bellos, incluso, (los dioses lo perdonaran), que los de la estatua que había visto en una de las capillas del templo de Apolo, la última vez que bajó a Corinto a vender su queso. Esos músculos torneados y moldeados con mimo ponían de manifiesto que el chico era un atleta. Un campeón nato. También era, sin embargo, un guerrero: así lo delataban sus bíceps y, sobre todo, la cicatriz que le cruzaba el muslo derecho.
    Lo vio salir embelesado, radiante en su desnudez. Le ofreció una escudilla de su mejor vino. Ambos vertieron unas gotas al suelo como libación a Dionisos y bebieron.
    El corredor se arrellanó desnudo en la fresca hierba y se sirvió un buen pellizco de pan y queso.
    - Buen vino, tienes, amigo.
    - Me lo cambia por unos quesos un arriero. Lo hacen en Nemea, donde Heracles mató con sus propias manos al león. Dicen que no tiene igual en estos contornos.
    - Y razón llevan. Ojalá pudiéramos conseguir nosotros uno semejante de los viñedos de mi padre.
    - Ahí, donde te has bañado, cuentan que Medea se lavó para limpiarse la sangre de sus hijos, tras haberlos matado con sus propias manos y huir de Corinto, escapando de la venganza de Jasón. Los viejos dicen que estas aguas están malditas. Muchos me critican por abrevar a mi ganado en ellas. Papandurrias. Yo las encuentro deliciosas. Te aseguro que en todos los contornos no hay agua más fresca.
    - Yo tampoco creo en monsergas de viejas. Tenías razón: tras el baño y el refrigerio que me has dado, me siento mucho mejor. Los dioses te colmen de bendiciones. Ahora he de reemprender mi camino.
    Se volvió a vestir y llenó su calabaza del manantial. El pastor le preparó un hatillo con el queso, la cecina, el pan y los higos que habían sobrado y se lo metió en el zurrón. Añadió un pequeño pellejo con vino.
    - Con el ritmo y la dirección que llevas te sorprenderá la noche en las laderas del monte Parthenio. No es seguro adentrarse en él solo y mucho menos de noche. Está preñado de fieras salvajes, partidas de bandoleros e incluso, dicen, de extrañas criaturas como faunos y ninfas, que arrebatan el juicio de los viajeros y los extravían para siempre.
    - Con ésta -señaló su espada de infantería- y con éstas -indicó ahora sus poderosas piernas- no temo a nadie. Pero gracias por la advertencia y, sobre todo, por tu hospitalidad. Los dioses queden contigo. Ah, mi nombre, es Fidípides, hijo de Fidipo, del Demos de Acarnas.
    - Hermes te guíe, Fidípides, hijo de Fidipo -gritó el cabrero.
    El joven ya no lo oyó. Iba concentrado en mantener el ritmo, en acompasar la respiración a su poderosa zancada, en controlar los latidos de su corazón.
    No se le iban de la memoria los acontecimientos de la última noche, cuando fue despertado de su tienda de campaña en el campamento de fuera de los muros y requerido a presentarse sin demora en el pritaneo del Ágora. Allí lo aguardaban, con cara de no haber podido dormir y una sombra de preocupación en sus semblantes, los estrategos Milcíades, Temístocles y Arístides y el polemarca Calímaco.
    Sus órdenes fueron claras. Debía correr como alma perseguida por las furias hacia Esparta para pedir ayuda a su ejército. Los persas, tras haber arrasado las polis aliadas de Eretria y Naxos, iban rumbo hacia el Ática, para desembarcar el mayor ejército jamás visto en esas tierras y asolar Atenas y sus contornos.
    Sólo él, Fidípides, el vencedor en tantas carreras, el orgullo de los atenienses, podía correr a Esparta y traer consigo al contingente espartano antes de que los medos asolaran el Ática cual plaga de langosta. No había duda de que lo harían. Con ellos viajaba el traidor Hipias, el tirano ateniense depuesto décadas atrás que quería vengarse. Aun a costa de devastar su patria.
    Lo importante era no fallar a su polis. El recorrer en poco más de un día los casi 1378 estadios (240 Kms.) que separaban la capital del Ática de Esparta. Y volver de inmediato con el contingente espartano. Atenas, su Democracia, su modo de vivir no podía enfrentarse sola a las hordas bárbaras.
    Intentaba mantener alejados la fatiga, los continuos calambres que aguijoneaban sus exhaustos músculos. Como le predijera el pastor, la noche lo alcanzó adentrándose en las espesuras del Partenio, que separaba las regiones de la Argólida y Arcadia.
    Cada vez el camino se iba haciendo más impracticable por lo supino de sus cuestas y la tupida fronda. Fidípides observó un tosco altar construido en un recodo dedicado a Pan, divinidad agreste, híbrido de macho cabrío y hombre, protectora de rebaños y pastores. El joven se detuvo unos instantes, sacó un puñado de higos secos y los puso como ofrenda en la losa del altar. Tras encomendarse al dios, reinició su carrera.
    Le resultó imposible seguir corriendo si no quería precipitarse por alguno de aquellos precipicios y barrancos. Apenas había luz. Optó por detenerse. Se apoyó en una encina centenaria, puso a mano su espada y tras comer algo del queso y del pan del cabrero, se dispuso a dormir unas horas.
    Cercano oía el ulular de una lechuza. Era un buen augurio: lo arrullaba el canto del ave consagrada a su diosa protectora, Atenea, la de glauco mirar. Se dejó acariciar por el arrullo del ave, por la llamada algo más distante de un cuco y por la música que el viento arrancaba a las ramas y hojas del bosque. Un profundo sopor se apoderó de él. Se dejó vencer.
    Pero era un guerrero y su cuerpo entrenado para ello no dormía del todo. Un sonido extraño lo despertó abruptamente. Empuñó su espada y asió su capa envolviéndose con ella el brazo a modo de escudo.
    La poca luz de las estrellas que filtraban los árboles apenas lo dejaban ver. Escuchó unos pasos a su espalda y se volvió a la defensiva. Nada. Pero no estaba solo. Se mantuvo alerta.
    Una voz sobrehumana le llegó desde su izquierda:
    - No temas, Fidípides: ningún mal te ha de venir de mí. Me han complacido sobremanera los higos que pusiste ante mi altar y quería agradecerte tu ofrenda con un consejo vital para ti y para tu polis. Depón tu arma y permite que te me acerque.
    El guerrero se frotó los ojos, por si se tratara de un mal sueño y aún anduviera dormido. Bajó la guardia. Observó acercarse al ser más maravilloso que hubiera visto en su corta vida: tenía pezuñas, patas y cuernos de macho cabrío, pero su rostro y su torso eran humanos. De una belleza inconmensurable. Empuñaba en la diestra un cayado y de su cuello pendía una siringa: el joven reconoció a Pan.
    Se quedó estupefacto. No sabía si postrarse en el suelo o salir huyendo. Sin pensarlo cogió el odre de vino que le regalara el pastor, llenó un pocillo y se lo ofreció al semidiós. Éste lo bebió con una sonrisa lujuriosa de un trago. Pidió un segundo más.
    - Siempre me has sido caro, Fidípides. Nunca te has olvidado de rendirme homenaje. Por eso me tienes ante ti. Quiero que cuentes a todos tus conciudadanos que me has visto, que te he dicho que estoy algo disgustado con ellos porque han descuidado mi culto. En toda Atenas no hay ni una mísera capilla pública donde los atenienses puedan depositarme ofrendas. Diles que, si se comprometen a levantarme un altar, mi ayuda les será crucial, para salir airosos de la gran prueba a la que los someterán los medos en el Campo de Hinojos.
    Ahora, duerme, mi joven amigo: mañana te aguarda una jornada aún más dura que ésta. Los dioses te han reservado un gran destino.
    Fidípides parpadeó un solo instante. Cuando abrió lo ojos, el dios había desaparecido. Volvió a tumbarse y se durmió de inmediato. Esparta lo esperaba. Atenas dependía de su rapidez y resistencia. Los dioses estaban con él.
    Al ir acercándose el alba, le acudieron a la memoria los versos del divino Homero, que escuchara de aquel aedo ambulante, en la última fiesta de la cosecha. Era verdad lo que cantaba el de Quíos: la aurora teñía con sus dedos de rosa, azafranados el cielo matutino antes de que el sol se adueñara por completo del universo.
    Adoraba los versos de Homero, sobre todo los que contaban la caída de Ilión. De entre todos los héroes, sin duda, su predilecto era Aquiles, el de Pies Ligeros. Como él, se rió: como Fidípides, el de alados pies.
    Llevaba ya casi dos horas corriendo. Rememoró su encuentro de la noche anterior con el dios Pan y sus palabras. Seguía dudando de si había sido real o producto de su cansancio, pero decidió que, aunque lo tomaran por loco y se burlaran de él, comunicaría la petición del dios a los arcontes de Atenas.
    Una dolorosa punzada a la altura del gemelo izquierdo le advirtió de que estaba exigiendo al máximo a su cuerpo, de que estaba abusando de sus fuerzas más allá de lo humanamente posible. Recorrer en menos de dos días 1378 estadios (240 Kms.) por aquellos parajes tan agrestes y regresar con el ejército espartano a marchas forzadas, para ayudar a sus conciudadanos en la batalla decisiva contra los persas, era una tarea sobrehumana. Propia de dioses o héroes como los que cantara Homero. Él no era un héroe, sino un humilde destripaterrones. Pero era Fidípides, el ganador de tres coronas de olivo en los juegos de Olimpia y en los de Delfos. Su polis, la predilecta de la de Ojos de Lechuza, dependía de su resistencia y velocidad.

    Ruinas de Esparta
    Al fin divisó las cumbres del legendario Táigeto, en el que contaban que los espartiatas, los nobles guerreros que estaban en la cima de la sociedad espartana, abandonaban a aquellos de sus niños que hubieran nacido demasiado débiles o tullidos, a fin de que fueran pasto de las fieras.
    Al ateniense le sorprendió que la capital de Lacedemonia no estuviera protegida por murallas, a diferencia de la propia Atenas y otras polis helenas. Los espartanos se ufanaban de que sus mejores murallas eran sus guerreros, los míticos hoplitas.
    En las afueras de la ciudad observó a varios espartiatas ejercitándose en su único oficio: la guerra. Observó a un grupo de niños de poco más de ocho años subiendo una ladera con un saco de piedras cargado a sus espaldas. Si alguno tropezaba o aminoraba la marcha, los preceptores los azotaban con unas varas en las corvas hasta que se reincorporaran al pelotón. A Fidípides le vino a la memoria lo que contaban de que las madres espartanas les decían a sus hijos cuando los despedían al ir a combatir: “Vuelve con tu escudo o sobre él”. Lo primero que abandonaba un guerrero, al ver perdida una batalla, era el escudo para huir más rápidamente. Estaba claro que la derrota no entraba en la mente de aquellos lacedemonios. O volvían victoriosos con su propio escudo o los traían sus compañeros muertos sobre el escudo.
    A su izquierda vio a un grupo de hoplitas, con su característica capa roja y su escudo con la lambda grabada. Los vio maniobrar, fascinado. Con la ayuda de aquellos guerreros los atenienses acabarían con cuantos medos se pusieran por delante.
    Empuñó nervioso el bastón que lo identificaba como heraldo y, por ende, inviolable. No podía olvidar, sin embargo, que esos mismos orgullosos lacedemonios violaron esta sacrosanta ley y arrojaron a un pozo a los emisarios del maldito rey persa, que ahora amenazaba al Ática, cuando acudieron allí a pedir la sumisión de toda Lacedemonia.
    Lo detuvo una patrulla a la entrada de la ciudad. Se identificó y pidió ser llevado ante uno de los diarcas. En Esparta había una diarquía: dos eran los reyes que gobernaban al mismo tiempo. El oficial al mando hizo una seña a uno de los guardias y éste le indicó que le siguiera.
    El ateniense intentó establecer alguna conversación con el hoplita, pero éste le respondió con monosílabos y se encerró en su silencio. Con razón, entre los griegos se decía de alguien que era lacónico, cuando era hombre parco en palabras. Los lacedemonios eran laconios y a la vista estaba lo reservados que eran.
    Fidípides se dedicó entonces a observar a las personas y edificios que le salían a su paso. Los templos y viviendas eran mucho más austeros que los que se veían por las calles de su ciudad. Observó a personas vestidas con trajes de color pardo: eran los ilotas, los siervos de los espartiatas, encargados de las tareas agrícolas que garantizaran el avituallamiento de sus señores, que sólo se dedicaban al arte de la guerra. Unos artesanos de origen no espartano ni ningún derecho tampoco, los periecos, se encargaban de la fabricación de armas, vajillas de cocina y aperos de labranza. Ninguno fabricaba joyas ni otros objetos de lujo como los que abarrotaban los mercados de Atenas. Ningún mendigo. Ningún lisiado. Ningún obeso. Nadie ocioso.
    El guardián lo llevó ante la casa del diarca Cléomenes y lo hizo entrar. En nada se diferenciaba de las demás que vieron a su paso. Ningún adorno superfluo. El diarca lo aguardaba con dos jóvenes hoplitas en un mal iluminado salón. Un esclavo ofreció al mensajero un cuenco de sal y otro de agua como señal de bienvenida. Fidípides se mojó los dedos en ambos y expuso el motivo de su misión.
    - Sin duda es vital tu mensaje, heraldo. Yo no puedo tomar por mí sólo la decisión. He de consultar con mi otro colega y reunir el consejo de los éforos.
    - Llevadme, pues, ante ellos de inmediato, os lo ruego. Puede que los persas estén ya asediando la acrópolis de Atenea.
    - Tiempo al tiempo, joven. No te lo tomes a mal, pero no puedes presentarte de tal guisa, cubierto de sudor y polvo y con esas ropas ajadas ante el consejo. Permite que mi hermanastro Leónidas te lleve a la casa de baños a adecentarte, mientras que nosotros convocamos a los demás.
    El ateniense siguió al príncipe por las calles de la ciudad. Leónidas era más o menos de su edad, aunque le sacaba casi dos cabezas y su cuerpo era el de un guerrero acostumbrado a la extrema disciplina militar espartana. Llevaba el cabello largo recogido en cuidadas trenzas y una corta barba. Su mirada era la de un líder. Su porte, el de un rey. Guerrero.
    - ¡Casi 1380 estadios sin parar en menos de dos días! Mereces sin duda ser uno de nuestros Iguales. De hecho, me hiciste vibrar en las pasadas Olimpíadas cuando adelantaste al argivo y al tebano en la última vuelta y te coronaste con la corona de olivo. ¡Hermosa carrera, por la divina Atenea!
    - Me honráis con vuestras palabras, príncipe. Cuando corro siento como si un dios me poseyera y me infundiera vigor.
    El espartano acompañó a su huésped hacia los baños comunales, adosados al gran comedor, en el que comían juntos todos los hombres en edad militar, diarcas inclusive. Tras ser aseado por unos ilotas en una tina de agua limpia le trajeron una túnica y unas sandalias nuevas parecidas a las de los hoplitas y lo llevaron ante el consejo.
    Se sintió intimidado ante la majestad de los cinco éforos o supervisores y los dos diarcas. Expuso ante ellos la petición de los arcontes atenienses para que el ejército lacedemonio auxiliara de inmediato a los áticos. Al finalizar su exposición, Cleómenes le pidió que les dejara solos.
    Leónidas lo volvió a acompañar al comedor comunal, donde le sirvieron la tradicional sopa negra, un sencillo caldo de carne de cerdo oscurecido con sangre porcina y vino. Aunque era voz común que el caldo negro era de lo más insípido e, incluso, se hablaba con malicia de un sujeto de Síbaris que, al probarlo, exclamó: “Ahora comprendo por qué a estos espartanos no les importa morir”, a Fidípides no le supo mal y apuró con voracidad las dos escudillas que le sirvieron.
    Por mandato de Leónidas, dos ilotas le dieron un masaje para relajar y fortificar sus machacados músculos. El espartiata hablaba poco, pero al ateniense le inspiraba una gran confianza. Era un hombre acostumbrado a dar órdenes, al que sus hombres seguirían hasta el mismo Hades.
    Un oficial les avisó de que los éforos y los diarcas ya habían tomado la decisión y que los aguardaban en el Consejo. Las caras de los magistrados, como talladas en cera, no eran nada halagüeñas. Tomó la palabra Cleómenes que sucintamente le explicó que en Esparta se estaban celebrando las fiestas religiosas de las Carneas y la tradición y los dioses marcaban que en ese período no se podía emprender ninguna acción bélica. Debían esperar hasta el próximo plenilunio, en diez días. Instaba al demos ateniense a resistir hasta entonces, seguros de que con la ayuda de los hoplitas laconios los medos serían batidos.
    Leónidas, impetuoso, intentó argüir que las noticias que habían llegado de la isla de Naxos y de Eubea, donde los persas habían incendiado y devastado varias ciudades, eran muy preocupantes… Una mirada gélida de su hermanastro Cleómenes lo hizo callar.
    Fidípides sintió cómo sobre su alma caía una losa de varios talentos de peso, al comprender que la decisión era inapelable y que los áticos debían vérselas por sí solos contra la plaga meda. Se despidió reverencialmente y salió al exterior acompañado por Leónidas.
    - Lo siento, amigo, ten por seguro que, en cuanto llegue el plenilunio, yo mismo me pondré al frente de las tropas y haremos huir a esos malditos medos como gallinas entre las zorras. Ahora, hazme el honor de ser mi huésped esta noche. Te aseguro que haré que te sirvan algo más sabroso que nuestra sopa negra.
    - Os lo agradezco con toda mi alma, príncipe. No os ofendáis, pero mi polis me necesita. He de regresar de inmediato con las noticias y a ponerme a disposición de mi estrategos.
    - Desde luego, mereces ser uno de nuestros Iguales, un espartiata de pura cepa. Permite, al menos, que ordene que te preparen un buen zurrón con provisiones y bebida y una capa para la lluvia, pues en esta época tanto en el Táigeto como en el Partenio sobrevienen tormentas muy traicioneras. Créeme: será un honor para mí batirme a tu lado en la batalla, Fidípides. Que Heracles, nuestro divino antepasado vele por ti.
    Una vez pertrechado con todo el equipo que le dio su anfitrión, el joven reemprendió su carrera contra el tiempo, contra la misma Historia. Se animaba a sí mismo catando el peán de batalla, que le habían enseñado en su escuadrón, o el himno a la de Ojos de Lechuza, que le hiciera memorizar su madre. Su madre, víctima indefensa, como todos los demás atenienses, de los bárbaros si no sucedía un milagro. Estaban solos. Solos como la muerte.
    Cuatro días y medio sin parar apenas de correr. Cuatro días y medio dejándose el alma en cada repecho, en cada barranco. Para volver con las manos vacías. Ante sí, al fin la Acrópolis, la montaña sagrada donde Atenea se impusiera a Poseidón en el certamen para ver quién era elegido como el patrón de Atenas.
    El ejército ya no estaba. Todos los demos que se había encontrado a su paso (supuso que el suyo también), estaban desiertos. La población entera de ellos había acudido a la polis madre a buscar refugio bajo sus murallas.
    Éstas estaban guardadas por ancianos o adolescentes. Todos los hombres en edad de combatir habían partido con el ejército.
    Preguntó dónde estaban los arcontes y se dirigió al Ágora en su busca. Ante ellos presentó un sucinto informe de su fallida misión. No omitió el pasaje de su encuentro con el semidiós Pan y la petición de éste para que se le elevara una capilla al pie de la Acrópolis, a cambio de su ayuda en la próxima batalla.
    Los arcontes le informaron de que el ejército estaba acampado en las playas de Maratón, donde el traidor Hipias había conducido a unos 600 navíos persas entre trirremes de guerra y navíos de carga. Más de 200.000 bárbaros contra 10.000 atenienses y unos mil aliados de Platea. Le ordenaron que acudiera de inmediato a informar a los estrategos y a ponerse a sus órdenes. Con la no venida de los espartanos, los dioses parecían haber abandonado a su suerte a la polis dilecta de Palas Atenea. Ellos ya sólo podrían rezar y ofrecer sacrificios a todas las divinidades.
    Fidípides saludó y se dirigió hacia la puerta que conducía a las playas de Maratón, a 67 estadios de allí (unos 40 Kms.). Comenzó a correr. A sus espaldas oyó un grito que lo llamaba: era su anciano padre. Éste lo abrazó con lágrimas en los ojos. Le informó que su madre estaba bien, refugiada con todas las ancianas y niños en lo más inaccesible de la acrópolis. Que él mismo se encargaba de defender las murallas de ésta. Lo había visto de lejos llegar corriendo y había solicitado permiso para bajar a saludarlo.
    El joven cubrió de besos las manos de su padre y le informó de su misión y de las órdenes que había recibido. El anciano no quiso retenerle más.
    Eres un buen hijo, el mejor hijo que los dioses hubieran podido concederme. Sólo te pido que no sucumbas a tu ardor juvenil y no te expongas en vano en el combate. Que regreses vivo: aún nos aguardan muchas veladas al pie de nuestra parra, saboreando las aceitunas que tu madre adoba mejor que nadie y bebiendo el vino que tú yo hemos cosechado con tanto amor. Prométeme, hijo mío, que volverás con vida.
    Fidípides sólo pudo asentir con lágrimas en el espíritu, mientras su padre se despedía de él besándole con devoción los ojos. Y, de nuevo, el camino, la carrera ante él.
    No aguantaba más tras casi cinco días sin parar de correr. Más de 2823 estadios (520 Kms.) trotando. Sin apenas pausa. Por veredas o sendas. Atravesando bosques, ríos y montañas. De Atenas a Esparta. De Esparta a Atenas. De ésta a Maratón. Sobreponiéndose a calambres, a la sed, al hambre, a la fatiga.
    Pero, al fin, allí estaba. Ante él, el azul infinito de aquel mar color de cielo, al que, como todo griego, había aprendido a amar. Mas ahora, su mar, sus playas estaban profanadas: 600 navíos de los odiados medos colmataban casi los cuatro kilómetros de la bahía. A su izquierda, a lo lejos, los persas habían comenzado tendiendo una cabeza de puente. Lo que les había permitido construir un campamento fortificado, para facilitar el desembarco del enorme contingente de hombres y animales que venían en los 200 trirremes de guerra y 400 de transporte. Más de 200.000 bárbaros, frente a 10.000 entre atenienses y aliados de Platea.
    Acongojado, se detuvo. Observó el enorme despliegue enemigo. Aún no habían terminado de desembarcar a todos sus efectivos. Grandes barcazas se acercaban a las panzudas naves onerarias y regresaban preñadas de hombres, pertrechos o animales. Parecían una colonia de hormigas prestas a abalanzarse sobre el cadáver de una minúscula abeja: los atenienses. Pero la abeja aún tenía su aguijón. Y Filípides tenía claro que sus conciudadanos estaban prestos a morir matando, vendiendo cara su vida y su libertad. Y la de los que habían quedado guarnecidos tras las murallas.
    Hizo un nuevo esfuerzo y corrió a informar a los strategoi de su fallida misión. Una patrulla lo detuvo al verlo vestido con ropajes espartanos. Al reconocerlo, lo recibieron con alborozo, aunque pronto quedaron consternados, constatando que venía sin la ansiada ayuda de los hoplitas lacedemonios.
    Lo condujeron a primera línea, donde los estrategos estaban preparando el plan de batalla. Que tendría lugar en un día o dos, parecía ser, antes de que los medos pudieran desembarcar todas sus tropas y desplegar su temible caballería de catafractos, aquellos jinetes cubiertos, junto con sus monturas, de armadura y que nunca habían sido frenados por infantería alguna.
    Encontraron a la mayor parte del ejército heleno cortando y acarreando ramas de árbol o árboles enteros, para disponerlos en un espacio indicado por el polemarca Calímaco. El corredor no comprendía bien qué estaban haciendo sus compatriotas. Tampoco le importaba: la estrategia era cosa de los estrategos. Para eso los habían elegido en la Asamblea de la Pnix.
    Halló a Milcíades, el estratego en jefe, y a Arístides absortos en un plano, rodeados de varios oficiales. A un centenar de pasos, en la orilla derecha del arroyo divisó a Temístocles al mando de las líneas, que vigilaban los movimientos persas.
    Se presentó ante ellos y preguntó si querían ser informados en un aparte. Milcíades les dijo que todos los allí presentes eran hombres de su entera confianza y lo instó a emitir sus noticias.
    Una ominosa roca pareció caer sobre el estado mayor al saber que los espartiatas no llegarían a tiempo. Milcíades no les dio tiempo a que se hundieran en el desánimo y se ratificó en su estrategia. No había más remedio que adelantar los planes: el ataque habría de hacerse al amanecer del día siguiente. Mandó a llamar a Temístocles y a Calímaco.
    Arístides le indicó a Filípides que se dirigiera al campamento, se aseara y repusiera sus fuerzas. Debía estar fresco para la mañana siguiente.
    - Te has comportado como un digno hijo de Atenas.
    - Sólo he cumplido con mi deber. No sabes lo que siento haberos fallado.
    - No ha sido culpa tuya, amigo. Los dioses así lo han querido. No tenemos tiempo para esperar la llegada laconia. Por cierto, sería para mí un honor el que combatieras a mi lado mañana.
    - Me debo a mi demos de Acarnas. Con ellos está mi sitio.
    - No hay problema: asignaré a los acarnienses a mi batallón. Tendréis el privilegio de combatir en primera línea, en el frente central, junto a los eleusinos. Ahora, retírate a descansar. Que los dioses velen tu sueño. Al menos, los que aún no nos han abandonado.
    - La garza Atenea jamás abandonaría a sus pupilos más amados y, además, contamos con la promesa de Pan- y le contó el episodio de su encuentro, real o soñado, con el Dios.
    Faltaban poco más de dos horas para la salida del sol. El ejército heleno ya estaba en perfecta formación de batalla. Una larga falange de hoplitas, con lanzas de dos metros, grandes escudos de madera forrados de bronce (el famoso hoplon, que daba nombre al guerrero que lo portaba), yelmos pulidos con esmero a fin de deslumbrar a su oponente e impresionarlo con sus crines, protegidos con grebas y una armadura de unos veinte kilos.
    Los flancos estaban guarnecidos por una infantería ligera, compuesta por esclavos liberados para la ocasión. Adelantado a la falange, un destacamento de honderos y lanzadores de jabalina, también antiguos esclavos, sería el que iniciara el combate al recibir la señal. La retaguardia estaba encomendada a un pequeño contingente de caballería, que no perdía de vista al sector del campamento persa, en el que se acuartelaban los invencibles catafractos.
    Arístides, al que ya conocían como el Justo por su contrastada honestidad y probidad, había sido el strategos encargado de dar la arenga, con la que intentar elevar la alicaída moral de los atenienses y platenses ante un enemigo que los superaba en una proporción de 20 a 1. Había comenzado diciendo que tenían una oportunidad que no podían desaprovechar: los odiados medos no habían podido terminar de desembarcar y organizar a todos sus efectivos. Les aseguraba que Milcíades, dando muestras de su gran conocimiento militar, había ideado una estrategia infalible para neutralizar a los temibles catafractos y sus caballos blindados. Que los dioses estaban con ellos y que el mismo Pan les había prometido que acudiría a auxiliarlos.
    - Frente a vosotros, la tiranía y la esclavitud, encarnada en el traidor a su propia sangre, el abominable Hipias, y los persas. A vuestras espaldas, la libertad, el poder del pueblo, la democracia, la libertad, para vosotros y vuestras familias. ¡Por Atenas! ¡Por Palas Atenea!
    Filípides, en el sector central de la falange, al mando directo de Arístides, clamó con todas sus fuerzas invocando a su diosa patrona, a la vez que los 11.000 griegos allí presentes. A su izquierda estaba su primo Lisandro, al que debía proteger con su escudo. A su vez, a él lo guarnecía un eleusino, Esquilo, un poeta de cierto renombre ya, sobre todo escribiendo tragedias, que había dedicado un par de epinicios a las victorias del corredor en la arena de los estadios.
    Un suave toque de flautas dio comienzo al peán, que las 11000 gargantas helenas corearon al unísono. Sin parar de cantar se dio la señal y se lanzaron a una carrera suicida para salvar los poco más de 100 metros que los separaban de las tropas medas. Los medos, sorprendidos por esta carrera, insólita hasta la época, intentaron neutralizar la avalancha que se les venía encima con una tormenta de flechas. Pero los atenienses, sin perder en ningún momento la formación cerrada, neutralizaron ésta con sus escudos o con su recia armadura. Cruzaron en línea cerrada el riachuelo y se abalanzaron sobre la vanguardia enemiga. El choque fue brutal.
    Artafernes, un sobrino del rey Darío, que estaba al mando de las tropas de tierra, dio órdenes para que entraran en acción los catafractos y desmenuzaran a los áticos por los flancos. Mas las ramas y árboles cortadas y desperdigadas por la salida de la bahía impidieron esta maniobra. Neutralizaron al arma más mortífera de los asiáticos. El nerviosismo comenzó a cundir entre su estado mayor.
    Fue pasajero. Pronto advirtieron que la zona central de la falange comenzaba a retroceder, aún ordenadamente, ante el inmisericorde ataque de Los Inmortales, las tropas de élite.
    Filípides se batía como alma perseguida por Cerbero. Había abatido ya a dos enemigos y herido a otros tantos. Su primo lo superaba en enemigos aniquilados, pero él lo había salvado dos veces de ser traspasado por un persa con su escudo. Esquilo también combatía como un león de montaña y no había descuidado en ningún momento la defensa del atleta.
    Se miraron, sorprendidos, al escuchar las órdenes de Arístides para que retrocedieran sin romper la columna. No lo comprendían: aquellos Inmortales eran formidables, sí, pero acarnienses y eleusinos les habían tomado las medidas y defendían sus posiciones a pie firme. No obstante, estaban instruidos para obedecer. Lo hicieron.
    Los persas, al ver que la falange abría un hueco y que el centro comenzaba a recular, cobraron inusitados ánimos. Rompieron la formación que habían mantenido hasta entonces y se abalanzaron todos hacia la brecha que habían dejado abierta los griegos.
    Filípides recibió una herida en el costado izquierdo de un persa, al que había cometido el error de no rematar en el suelo. Esquilo degolló al medo e instó a su amigo a que fuera a retaguardia a ser atendido por los cirujanos. El hijo de Fidipo no era hombre de retaguardia. Apretó los dientes y se concentró en no romper la formación, abatir a su contrincante y proteger a su primo. Ni el dolor punzante ni la sangre que sentía correr hacia su pierna lo iban a apartar de su deber.
    Los medos entraron como posesos en el hueco central, empujando al sector heleno que había retrocedido. Los hombres de Arístides no podían aguantar por mucho más tiempo. Justo cuando todo parecía perdido, Milcíades dio la señal y los flancos de la falange, que se habían mantenido en sus posiciones hicieron la maniobra de la tenaza y se abalanzaron sobre los desorganizados persas, atrapándolos en un embudo mortal.
    A partir de ahí ya no fue una batalla: se convirtió en una escabechina, en una caza inmisericorde del asiático. Los medos, al darse cuenta de que estaban atrapados, iniciaron una huida más o menos organizada hacia sus naves.
    Justo en ese momento cuentan que, en la zona central de la falange, a escasos pasos de donde pugnaban Esquilo y Filípides, se vio a una extraña criatura con patas de macho cabrío y torso humano. Llevaba sujeta a una espantosa criatura de una cadena. La dejó libre y se abalanzó sobre las tropas bárbaras: fue entonces cuando éstas cayeron presas del Pánico. Pan había cumplido su promesa.
    Lo que antes era una huida más o menos organizada, se convirtió en un caos mortífero para los extranjeros. Miles murieron heridos por la espalda; otros tantos, ahogados en una ciénaga; los hombres de Milcíades dieron muerte al traidor Hipias y pasearon su cabeza ensartada en una lanza a modo de trofeo.
    Artafernes y su almirante Datis dieron órdenes desesperadas de volver a embarcar en las barcazas, que los llevarían hacia la protección de los navíos. Los hoplitas no les dieron tregua.
    Filípides llegó hasta la misma orilla del mar aniquilando contrincantes, sin perder la formación junto a eleusinos y acarnienses. Asistieron a la hazaña de un tal Cinegiro, que se salió de la formación y agarró con su mano derecha una barcaza enemiga que se estaba alejando de la orilla. El brazo le fue seccionado de un hachazo por un egipcio barbudo. Sin amilanarse, el hoplita agarró la barcaza con su brazo izquierdo. También le fue seccionado. Aun escapándosele la vida por los dos muñones, mordió un cabo de la lancha apretándolo con todas sus fuerzas e impidiendo que ésta se alejara. Les dio tiempo a sus compañeros para llegar hasta la barcaza y aniquilar a todos los pasajeros. Cinegiro murió desangrado sin soltar la maroma, con un rictus de felicidad.
    Los persas habían conseguido, a pesar de todo, embarcar a la caballería y a gran parte de la infantería. Datis dio órdenes a los navíos, que ya estaban cargados y con los aparejos dispuestos, de que se dirigieran a Atenas. Debían desembarcar en una playa cercana, bordeando el cabo Sunion, y tomar la polis que sabían desguarnecida.
    Milcíades y Temístocles se apercibieron del peligro que eso implicaba. Dieron órdenes de parar la masacre y reorganizar el ejército para marchar a marchas forzadas hacia la polis madre. Dudaban de que todo el ejército pudiera llegar antes de que los habitantes de Atenas vieran los navíos persas, pensaran que sus tropas habían sido devastadas y decidieran entregar la polis sin resistencia. Sólo había una posibilidad.
    Ordenaron llamar a Filípides. Lo encontraron exhausto por el gran esfuerzo cometido. Había perdido mucha sangre. Un cirujano estaba cosiéndole la herida en el costado. Mientras Esquilo y Lisandro le daban a beber negro vino, para soportar el dolor.
    Milcíades le dijo que se hacía cargo de su agotamiento, de su dolor, pero no tenían otra salida: debía volver corriendo con toda su alma a Atenas, advertir a los arcontes de la victoria, comunicarles que el ejército se apresuraba hacia allí e instarles a no abrir las puertas a los persas.
    El hijo de Fidipo se despojó de las grebas y del pectoral, le confió las armas a su primo, abrazó a éste y a Esquilo y, sin dejar de terminar la cura al cirujano, comenzó a correr.
    Otra vez la inmensidad del mundo frente a él.
    Cuando faltaban menos de dos estadios para llegar, un insoportable dolor en el brazo izquierdo y una opresión a la altura del lado siniestro del pecho lo hicieron detenerse en seco. La herida no había parado de sangrar. Tenía deseos, inmensos, de dejarse caer y recuperar el aliento… Siguió corriendo.
    La fatiga. El dolor iban en aumento. Apenas podía respirar. Sufrimiento. Asfixia. Atravesó las puertas de la polis y corrió hacia el ágora. Divisó a su padre. Apenas pudo levantar la mano para enviarle un beso. El postrero.
    Llegó a trompicones hacia la sede de los arcontes. Un nuevo rayo de dolor, ahora en el corazón, lo fulminó. Aun así, se arrastró hasta los arcontes, que, conmovidos, se habían puesto en pie para acercarse al joven.
    - NE…NIKÉ…KA…MEN! – “Hemos vencido” susurró, mientras intentaba señalar hacia detrás, advirtiendo que el socorro estaba en camino.
    No hubo más palabras. Su corazón le había estallado. Su padre lo acunó susurrándole una nana.

    Fuente: http://papeldeperiodico.com/2013/08/...-de-maraton-i/
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  11. #4831
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  12. #4832
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    Informe Filípides

    Informe Filipides, el Hemeródromo ateniense del que surgió la Maratón:
    Diferentes recortes de información al respecto de la gesta histórica.

    Se tratase o no de Filípides, el caso del hemeródromo que murió en Atenas tras el esfuerzo realizado por un corredor, es el primer relato de una muerte súbita cardíaca
    Su origen se encuentra en el mito de la gesta del soldado griego Filípides, quien en el año 490 a. C. habría muerto de fatiga tras haber corrido unos 37 km desde Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria sobre el ejército persa. En realidad Filípides recorrió el camino desde Atenas hasta Esparta para pedir refuerzos, lo que serían unos 225 kilómetros. Aun así, el mito ganó mucha popularidad sobre lo que realmente sucedió, y en honor a este se creó una competición con el nombre de "maratón", que fue incluida en los juegos de 1896 de Atenas inaugurados por el Barón Pierre de Coubertin.

    Filípides o Fidípides (en griego, Φιλιππίδης o Φειδιππίδης) fue un héroe de la Antigua Grecia.
    Herodoto relata que Filípides, un hemeródromo ateniense, fue enviado a Esparta para pedir ayuda cuando los persas desembarcaron en Maratón.
    Heródoto escribió 30 a 40 años después de los hechos que describe, por lo que es bastante probable que Filípides sea una figura histórica. Si recorrió los 246 km que separaban a Atenas de Esparta en 2 días, por terreno escabroso, sería una hazaña digna de recordar.

    Posteriormente se encuentra un relato sobre una carrera de Maratón a Atenas para anunciar la victoria de los griegos en la obra de Plutarco (46-120), que atribuye la carrera a un heraldo llamado Tersipo —citando a Heráclides Póntico, un autor del siglo III a. C., como fuente de ese dato— o Eucles.[3]
    Luciano, un siglo después de Plutarco, atribuye esa carrera a Filípides:
    En la ciudad griega de Atenas, las mujeres esperaban saber si sus maridos salían victoriosos o derrotados por los persas en la batalla en la llanura de Maratón (lugar ubicado aproximadamente a 42 km) debido que sus enemigos persas habían jurado que tras vencer a los griegos irían a Atenas a saquear la ciudad, y sacrificar a las niñas.

    Al conocer esto, los griegos decidieron que si las mujeres de Atenas no recibían la noticia de la victoria griega antes de 24 horas, coincidiendo con la puesta del Sol, serían ellas mismas quienes matarían a sus hijos y se suicidarían a continuación. Los griegos ganaron la batalla, pero les llevó más tiempo del esperado, así que corrían el riesgo de que sus mujeres, por ignorarlo, ejecutasen el plan y matasen a los niños y se suicidasen después.

    El general ateniense Milcíades el Joven decidió enviar un mensajero a dar la noticia a la polis griega. Y aquí se mezcla la historia con la leyenda: Filípides, además de haber estado combatiendo un día entero, tuvo que recorrer una distancia de entre 30 y 35 km para dar la noticia, puesto que la ciudad de Maratón está al noroeste de Atenas, a no mucha distancia. Tomó tanto empeño en llegar a su destino a la mayor brevedad que, cuando llegó, cayó agotado y antes de morir sólo pudo decir una palabra: "νίκη" ( -Níki- victoria en griego antiguo).

    Heródoto escribió que Filípides recorrió los 246 km que separaban a Atenas de Esparta en 2 días. Lo escribió 30 a 40 años después por lo que es bastante probable que Filípides sea una figura histórica. Pero el primer relato escrito conocido sobre una carrera de Maratón a Atenas es del escritor griego Plutarco (46-120), en su ensayo A la gloria de Atenas, donde atribuye la carrera a un heraldo llamado Thersippus o Eukles, no Filípides. Luciano, un siglo después, lo atribuye a Filípides. Parece probable que, en los 500 años transcurridos desde la época de Heródoto a la de Plutarco, se haya confundido la historia de Filípides con la de la Batalla de Maratón, y que algún escritor imaginativo haya inventado la historia de la carrera de Maratón a Atenas. Al parecer Filípides no hizo el recorrido Maratón-Atenas (42 km) pero seguramente si hizo la de Atenas-Esparta (246 km).

    El maratón y su historia: una carrera de 42.195 metros en la que se conmemora la gesta del soldado Filípides, que hace unos 2.500 años corrió más o menos esa distancia tras la batalla entre atenienses y persas en la llanura de Maratón para llevar a Atenas la noticia del triunfo ateniense. Al llegar a Atenas sólo pudo decir ?hemos vencido? y murió de agotamiento. Sin embargo, ciertas investigaciones afirman que el heroico atleta no fue Filípides sino otro llamado Tersipo, perdido en las brumas de la historia. Y sobre todo ahora, que va a conmemorarse en Atenas el 2.500 aniversario de la prueba ¿Por qué?

    Remontémonos al año 490 antes de Cristo. Sobre la llanura de Maratón se alineaban dos ejércitos: el numerosísimo persa, al mando de Mardonio, y el ateniense reforzado con un pequeño contingente de Platea, dirigidos por Milcíades. Nos ahorraremos los detalles bélicos (los pueden encontrar aquí) salvo unos pocos. Uno, que en la educación griega de la época era fundamental la práctica del deporte, entendido tanto como elemento auxiliar del entrenamiento militar, como un componente fundamental en el desarrollo de la persona. En ese deporte estaba la carrera de fondo. Ya como entrenamiento militar, se practicaba la carrera de hóplitas, en el que los soldados corrían cargados con todo el equipo: casco, coraza, grebas, escudo, lanza y espada. Los mejores en este apartado formaban parte del cuerpo de hemeródromos: mensajeros en tiempo de guerra y en tiempo de paz. Eran profesionales y muy apreciados. A este cuerpo, en el ejército de Milcíades, pertenecían dos hombres: Filípides y Tersipo.

    En los días previos a la batalla y ante la desproporción de fuerzas, Milcíades había tratado por todos los medios de convencer a los espartanos de que se sumasen a la alianza antipersa, pero éstos le habían dado largas. Ya con el enemigo a las puertas les mandó un último mensaje desesperado. Dado que él no podía desplazarse personalmente, lo envió con el mejor hemeródromo de sus fuerzas: Filípides. En dos días, Filípides recorrió 246 kilómetros para recibir la respuesta: ?Sí, pero en unos días? ?es de suponer que después de saber quién ganaba-. Después volvió. Heródoto, que cita admirado la carrera de ida, no habla de la de vuelta. Se juzgó una exageración casi mitológica hasta que en 1982 un equipo militar británico consiguió repetir la hazaña.

    Los atenienses vencieron en Maratón, pero la flota persa seguía intacta y de camino hacia Atenas. Milcíades tenía que comunicar a la ciudad que debían resistir como fuese hasta que llegase el ejército y, una vez más, tuvo que enviar a un hemeródromo. No se sabe si Filípides había caído o no estaba localizable, pero el caso es que envió a Tersipo. Y fue Tersipo quien ?después de combatir- corrió los cerca de 50 kilómetros desde el campo de batalla hasta la ciudad para entregar el mensaje y morir de agotamiento.

    El Maratón: ¿Filípides o Tersipo?
    ¿Por qué existe la duda? Heródoto, el gran historiador griego, fue el primero en relatar la historia de Maratón pero no cita el segundo viaje de los hemeródromos, aunque sí la carrera de Filípides hacia Esparta. El romano Plutarco, 500 años después de los hechos, es el primero en mencionarlo, aludiendo a Tersipo, pero otro autor romano, Luciano, 100 años después, atribuye a Filípides ambos viajes. Dado que yo al menos no dispongo de las fuentes que debieron manejar uno y otro, no me atrevería a decir quién fue el primer maratoniano de la historia, así que me limito a dejar constancia de que, sin quitar gloria a Filípides, el nombre de Tersipo debería dejar de ser anónimo. Máxime ahora, que todo lo que he encontrado sobre la celebración de los 2.500 años de Maratón, no aparece Tersipo.

    El resto, ya lo conocen.. Cuando el Barón de Coubertain consiguió revitalizar los Juegos Olímpicos (aunque ojo, que Juegos Olímpicos se celebraron con cierta frecuencia en Europa desde el siglo XVII, aunque fueran más bien festivales que tomaban el nombre clásico), el maratón fue la prueba estelar. En 1908 se estableció la distancia definitiva de 42.195 metros y sigue siendo el símbolo de la entrega deportiva y la lucha contra uno mismo. Agonística, lo llamaban los griegos.

    Que tiempo tardó, ¿?
    Mes y Temperatura, ¿?
    Ropa y Calzado, el militar de la época
    Edad, mas o menos la de Leonidas, unos 40 años.
    Bebida: En una vasija llevaba hidromiel, bebía de fuentes por el camino.
    Marco Histórico: Coincidió con la historia de 300 y termopilas (480 a.c.)
    Desnivel 300m d+

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    Úlima edición por jaelc fecha: 08-01-2015 a las 13:41
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  13. #4833
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  14. #4834
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    Cita Originalmente escrito por DONNA Ver Mensaje
    Muy buenas las salidas base y si no que se lo pregunten a barjuri jajaja.
    Las salidas por la montaña me agandulan mucho por que me encanto con todo y pierdo facil la base, así que intentaré trabajar la base un tiempo, gracias campeona!

    Cita Originalmente escrito por valencia2013 Ver Mensaje
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    A mi me encantó el relato, el que lo hizo se lo curro muy mucho, me alegra que te gustara!
    Gracias, amigo!

    Cita Originalmente escrito por Beltz Ver Mensaje
    Menuda aportacion Jaelc!
    Interesante.
    Todo un personaje y toda una gesta heroica la de este runner!
    Me pareció muy interesante toda esta info!!!
    Gracias maquina!
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  15. #4835
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    Cierro la semana con 49kms y el rodaje de las nuevas Adidas Kanadia hecho, creo que son unas buenas zapas polivalentes para pista y asfalto, y a un precio muy asequible, 59€.

    Hoy 21k a 164ppm y 6:40 min/km, sigo lentorro y los ultimos 4 kms se han hecho pesados, pero poco a poco!

    Estoy sin dolor alguno y preparando un MM Trail en febrero, que mas se puede pedir!

    Salud y kms!

    Amanece en el Mediterraneo:
    Archivo Adjunto 9029
    Úlima edición por jaelc fecha: 11-01-2015 a las 13:22
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  16. #4836
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    fotaca, como siempre... te voy a ser sincero, los posts de filipides me los he saltado... soy incapaz de leerme mas de 10-12 renglones sin perder la concentracion

    Hay version reducida?

    PD: haces barcelona?
    Perfil Endomondo: http://www.endomondo.com/profile/11825035

    Mi diario: https://www.foroatletismo.com/foro/d...ro-madrid.html

    Guia de Estiramientos:http://deporteinteligente.files.word...iramientos.pdf

    Mi grupo Runservoir Dogs en Facebook: https://www.facebook.com/pages/RUNse...homepage_panel

    Mis marcas: 10k - 43:18, MM - 1:39:55, M - 3h:58

  17. #4837
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    Cita Originalmente escrito por Dario_Murcia Ver Mensaje
    fotaca, como siempre... te voy a ser sincero, los posts de filipides me los he saltado... soy incapaz de leerme mas de 10-12 renglones sin perder la concentracion

    Hay version reducida?

    PD: haces barcelona?
    La version reducida es facilona, un tio corre 42 kms y se muere!

    A mi la primera parte me encanta!
    Es una pena que no puedas leerla!

    Este año Barna no cae porque es el mismo día del cumple de mi hijo de 9 años, y no quiero estar con la cabeza y el cuerpo en otro sitio, pero para Abril-Mayo me estoy calentando con un Maraton Jaelc del que llevo tiempo detras, a ver el fondo si va subiendo y hacemos cosas chulas!!!
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  18. #4838
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    saludos Jaelc, veo que estás engrasando la maquinaria para lo que venga.
    MMPs. :
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    -MM........: 01:47.56
    -Maratón: 04:25.18
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    Próxima cita : posiblemente en Noviembre
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  19. #4839
    Fecha de Ingreso
    Jun 2013
    Edad
    43
    Mensajes
    371
    Hola Jaelc.

    Que tio ! He visto tus últimos entrenos y acumulas más km en una semana que muchos de nosotros en un mes.

    Me alegro mucho de tu buen estado. Por cierto, a mi se me hacen pesados los últimos 21 km, y a ti solo los últimos 4

    Saludos.
    j.

  20. #4840
    Fecha de Ingreso
    Sep 2013
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    Un pueblecito
    Edad
    53
    Mensajes
    3.184
    Ánimo con ese objetivo, sin molestias y con zapas nuevas , qué más se puede pedir. A ver con qué nos sorprendes este año, veleta.

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