Su lanzamiento más lejano

«Luché por estar ahí y después traté de hacerlo lo mejor posible», recuerda la atleta gijonesa sobre su cita olímpica en Sydney

Centrar tu vida en un deporte de los denominados minoritarios no es sencillo. Martina de la Puente (Gijón, 24 de abril de 1975) lo sabe. Ella se decantó por una disciplina poco conocida, en la que sigue compitiendo y que, además, la llevó hasta Sydney. El lanzamiento de peso es un deporte poco habitual, pero a Martina no le importó y, a base de trabajo, entrenamiento y mucho esfuerzo, consiguió colarse en unos Juegos Olímpicos. Fue en el año 2000.

«Ir ya era un sueño», reconoce ahora Martina, que sigue entrenándose, ahora en Valencia, aunque asume que el reto de Pekín está un poco lejos. Pero su memoria se gira hacia aquellos Juegos de los que sí disfrutó. «Luchaba por estar allí, aunque sabemos -reconoce- que los atletas de segundo nivel no tenemos opciones una vez estamos en los Juegos». Eso no es un impedimento para después tratar de «hacer el mejor papel posible».

«Estaba como en una nube», dice Martina. Y no era para menos. En la Villa Olímpica se codeaba con la élite deportiva: «Ibas al comedor y te encontrabas con los atletas que veías en la tele». La selección española de balonmano -«cuyos partidos veía los sábados en televisión»-, el flamante campeón olímpico de halterofilia Todos se daban cita, tarde o temprano, en un comedor que se ha ganado un hueco especial entre los recuerdos de Martina. No en vano, era enorme, «como dos campos de fútbol», abría 24 horas y se podía encontrar cualquier tipo de comida en su interior. «Nosotros teníamos la suerte de que llegábamos andando en diez minutos, pero había quien tenía que coger el tren», detalla.

Difícil de olvidar

La experiencia de acudir a Sydney es imposible de olvidar. Martina recuerda infinidad de detalles, como que en el viaje de ida hacia Australia tuvieron que permanecer doce horas en la escala de Singapur: «No nos dejaban dormir y nos llevaron incluso a una pista de atletismo para poder estirar». Una vez en las antípodas, el destino de la expedición fue Adelaida, donde permanecieron concentrados una semana. «Nos perdimos la ceremonia inaugural», precisa.

La distribución de las viviendas en la Villa Olímpica, compartir espacios con tantos y tan diferentes deportistas Todo era nuevo y todo resultó especial.

Dos años después de aquellos Juegos, Martina tuvo que operarse la espalda. Ya nada fue lo mismo. «No recuperé el nivel, aunque no me quejo de cómo me ha quedado», explica. Por eso, y porque los años no pasan en balde para nadie, mira hacia Pekín con cierta nostalgia, la de saber que lo más probable es que ella no pueda estar allí. «En el fondo, nunca pierdes la esperanza, pero es complicado, física y psicológicamente», asegura. Aunque sigue compitiendo «a buen nivel», es consciente de que ese ciclo de su vida está llegando a su fin.

Actualmente lleva dos años en Valencia. Trabaja, además de entrenarse, en las escuelas deportivas de su club, el Terra i Mar. Se encarga de unos 70 infantiles y de otro «grupito de cuatro o cinco». Licenciada en Educación Física, su tono adquiere un matiz más serio cuando habla del deporte como profesión: «De esto no se puede vivir, disfrutas unos cuantos años a sabiendas de que se acaba».

Por eso, insiste a la hora de destacar la importancia de no abandonar los estudios, de ir preparando una vía alternativa para cuando caiga el telón.

Sara García 19.12.07
Fuente: El Comercio Digital