Estás en el parque en el que, habitualmente, corres. Hoy, para estirar, has elegido un coqueto rincón donde hay unas verjas. Allí estamos un señor mayor, que me ha comentado que padece artrosis y hace suaves ejercicios por prescripción facultativa, y yo, que hace unos minutos he terminado mi rodaje.

Has llegado como su hubieras entrado en una cuadra. No has dado las buenas tardes. Ni un simple “hola”. Ni siquiera te has dignado a mirarnos.

Sin más preámbulos, has elevado una pierna y tu pie se ha posado en lo más alto de la reja; superando incluso la altura de tu propia cabeza. Luego, a base de rebotes, has intentado agarrar con tus manos el tobillo de la pierna alzada. Así has permanecido diez ineficaces segundos.

De nuevo en bipedestación, bajas los brazos y, mientras los sacudes violentamente, emites un sonido parecido al que hacen los caballos cuando pretenden liberarse de sus propias babas y de las moscas que le hurgan en la nariz.

Te miro y no doy crédito a lo que veo.

Repites la acción con la otra pierna y, con ello, das por finalizada tu sesión de estiramientos.

En efecto, eres más flexible que el viejo reumático. Bueeeeeno; vale; venga; lo reconozco; también eres mil veces más flexible que yo. ¿Y?.

¿Has estirado?. ¿Estás seguro?. ¿A qué has venido?. ¿A estirar o a mostrarnos cuan escasa es tu educación cívica y deportiva?.

Cuando te marchas, por supuesto sin despedirte, tengo la tentación de hablarte; de hacer un aparte contigo y decirte que te has equivocado de deporte. Pero lo pienso mejor y guardo silencio.

Tal vez no eres tú el errado. Quizás sea yo el que se ha equivocado… de parque.

Desde mi destierro en Sevilla, cordiales saludos

Petrarca