No se trata de hacer pesas o de no hacerlas, sino tener idea de cómo hacerlas.

No existe una fuerza global por una parte y una fuerza específica como cosas distintas. La sistematización introducida por los teóricos del entrenamiento da lugar a esta clase de conceptos que conducen a error. El problema si preguntas a aquellos que utilizan estos conceptos qué es cada cosa, se quedan balbuceando y no saben qué responder. En el fondo es mera erudición que sirve de poco o nada.

Lo que ocurre es que hay ejercicios que integran más o menos grupos musculares, pero fuerza hay sólo una, y es la tensión que soportan los pruentes cruzados de actina-miosina cuando hay un factor externo (un intercambio de energía entre cuerpos) que provoca la tendencia al alejamiento entre los puntos de origen e inserción muscular. Y eso es todo. El puñetero músculo no sabe si está levantando una maleta, una mancuerna, un cable unido a una polea o está lanzando un disco o una jabalina.

Otra cosa es que haya ejercicios en que se coordinen más o menos grupos musculares. Pero entonces no hablamos de distintas clases de fuerza, sino de mayor intervención de músculos específicos y coordinación entre los mismos. Y de los tempos de los impulsos neurales que inervan las fibras. Pero fuerza es fuerza. Hay músculos que trabajan más cuando estamos sentados en una silla que en una determinada fase de carrera. Lo bueno del caso es que los músculos no tienen mente, y no saben lo que está sucediendo.

Cuando planificamos un entrenamiento con pesas, hemos de partir de esta máxima: a los músculos les da igual para qué se contraen. Otra cosa es el sistema nervioso. Pero como se hablaba de fuerza, me he ceñido al músculo. Llamemos a cada cosa por su nombre.