En octubre de 1988, Sebastian Coe y Steve Cram -dos de las vacas sagradas del mediofondo británico- participaron en un duelo face to face, es decir, uno contra el otro, para recaudar fondos benéficos con destino a una escuela infantil, el Great Ormond. La idea fue competir de una forma muy especial: no en una pista, ni en cross, ni en asfalto. Ser trataba de recorrer el perímetro del patio del Trinity College, en Cambridge, antes de que sonaran las doce campanadas del reloj de la torre.

La carrera quedó inmortalizada en la película Carros de Fuego, con una apuesta imaginaria entre Harold Abrahams, campeón olímpico de 100 metros en los Juegos de París de 1924 y Lord David Burghley, campeón olímpico de 400 metros vallas en Amsterdam-1928. En realidad, estos dos atletas jamás se vieron las caras en tal escenario, aunque parece probado que en 1927, Burghley completó el recorrido en 46 segundos, justamente el lapso en el que suenan las campanas.

Para emular la gesta, el también Lord Sebastian Coe, y su adversario, el plebeyo Steve Cram, tenían que correr 367 metros a ritmo de 50 pelados los 400, en un circuito rectangular lleno de baldosines y empedrado. Algo factible para un velocista resistente de nivel de 46/46.5 segundos, pero no tanto para ellos, mediofondistas en aquel tiempo crepusculares. Cabe recordar que Cram llegó tocado de los gemelos a los Juegos de Seúl-1988 y se había clasificado en cuarta posición en los 1.500 metros (en 800 no alcanzó las semifinales), mientras que Coe ni siquiera fue seleccionado para representar a Inglaterra en la capital surcoreana.

“Hay que hacer cuatro sprints seguidos y salir como un cohete al girar en cada esquina; no existe opción para los adelantamientos”, pronosticó Coe, cuya estatura (1,77 metros) y potencia de arrancada le concedía ventaja, a priori, frente al espigado y aparatoso Cram (1,88 metros). Sebastian, además, siempre había sido más rápido que Steve, un millero acostumbrado a largos cambios de ritmo sostenido.

Llegó el 29 de octubre de 1988. Los organizadores se pasaron toda la semana con el alma en vilo, temiendo que lloviera, algo que hubiera convertido el patio en una pista de patinaje. Pero el clima les sonrió. Lucía un sol espléndido.

Para dar mayor lustre al enfrentamiento, la BCC ofreció una retransmisión televisiva con señal en directo y además se sumó al acto, al objeto de dar la salida, el Príncipe Eduardo, uno de los pocos miembros de la Familia Real Británica que ha conseguido mantenerse al margen de polémicas y que posee mejor imagen pública.

A todos los que aún no hayan visto la prueba, sólo puedo expresar mi envidia: están a punto de contemplar 45 segundos y 52 centésimas irrepetibles. Cram y Coe jamás volvieron a enfrentarse de corto, aunque después lo hicieron por cuestiones políticas en una polémica más o menos amistosa que llega hasta nuestros días.En cualquier caso, la figura de Cram con la camiseta amarilla del Jarrow & Hepburn, y la de Coe tematizado para la ocasión con la vestimenta deportiva que se usaba en los años veinte, queda para los anales como metáfora del atletismo puro: del atletismo que queda cuando se le quitan todos los añadidos, conservantes, químicas y dólares, y la cosa de trata, simplemente, de echar una carrera.

Aquí puede verse el vídeo de aquel duelo

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