La Maratón de Valencia 2018 ya terminó y creo que le va como anillo al dedo la típica frase de «fue una maratón de récord»: récord de la prueba en hombres y en mujeres que la posiciona como una de las diez más rápidas del mundo y una de las mejores marcas de 2018, más de veintidós mil participantes de los que casi veinte mil llegaron a meta, infinidad de mejores marcas personales en todos los niveles, desde gente de la élite hasta los populares que van a ritmos tranquilos…

Todo esto, montado y vivido teniendo la impresionante Ciudad de las Artes y las Ciencias como centro neurálgico pero recorriendo también algunas de las zonas más bonitas de Valencia y pudiendo disfrutarlo en un dos de diciembre con una temperatura ideal, ausencia total de aire, sol que te hacía pensar casi más en el veranito que en el invierno…
Es difícil explicar lo que se puede llegar a sentir en una Maratón de Valencia como la de este 2018 salvo recurriendo a otra frase un tanto típica: Valencia es mucho más que Maratón, algo que ilustra muy bien este pequeño vídeo resumen.
Tendréis tantas crónicas o historias de las Maratón de Valencia 2018 como personas os hablen de ella así que lo que aquí leáis no es ni verdad ni mentira ni todo lo contrario, tomadlo simplemente como un resumen a muy alto nivel de lo que vivimos mi mujer (Chelo) y yo durante un fin de semana que superó con creces todas nuestras expectativas.
Así vivimos nosotros la Maratón de Valencia 2018
Me salto todos los preliminares de cuándo decidimos participar, por qué razón elegir Valencia y demás porque os aburriría soberanamente con todas las aventuras y desventuras que han pasado desde abril de 2018, que no son pocas, y me voy directamente al sábado 1 de diciembre, a eso de las 8:30 de la mañana con nosotros dos de camino a la Breakfast Run, uno de los múltiples eventos paralelos organizados por la Maratón de Valencia y que consiste en una ligera trotada de unos cinco kilómetros por el circuito permanente de los Jardines del Turia.
La Breakfast Run

Todo fue perfecto, sin colas ni aglomeraciones, salida puntual a las nueve de la mañana, buen rollete por parte de todo el mundo, trato excelente por parte de los voluntarios, risas a mansalva con el resto de participantes con los que pudimos practicar un poco de idiomas y hacernos fotos los unos a los otros…
Por supuesto, también nos pusimos las botas con los fartons, horchata, caquis, mandarinas, refresco de cola, zumo… Pero, lo mejor de todo, ya entrando en lo personal, fue ver que Chelo hizo los cinco kilómetros de la Breakfast Run sin tener la más mínima presencia de molestias en la zona del glúteo que, a raíz de una caída, le había impedido correr ni un solo minuto desde hace más de dos meses.

Tal era el subidón que hasta nos permitimos soñar con poder llegar alrededor del kilómetro 15 que caía cerca de nuestro hotel… Lo que no sabíamos es que la realidad iba a superar nuestras mejores expectativas.
La recogida de dorsales
Antes de ir a ducharnos al hotel, aprovechamos para recoger los dorsales y las bolsas del corredor y fue todo un acierto porque, al ser pronto, lo hicimos en un periquete, nada que ver con las colas que se formaron a partir de las diez u once y que se convirtieron en la tónica general hasta eso de las cuatro de la tarde (el tema de las cosas en la entrada es de las pocas cosas criticables de esta edición de la Maratón y estoy seguro de que han tomado nota para el año que viene).
En la primera planta, numerosos carriles para poder recoger el dorsal, comprobar el chip y unos cuantos stands para ir poniéndose en situación para lo que te encuentras en la planta baja donde también recoges la bolsa del corredor que venía cargada hasta los topes: camiseta de la prueba, cremas, frutos secos, chicles, hidratación, bidón, barritas… Todas cosas chulas, prácticas, útiles… ¡Así da gusto!

La Paella Party
La fama de la paella valenciana es mundialmente conocida así que, ¿por qué no aprovechar ese reclamo y en lugar de tener una Pasta Party, desmarcarse con una Paella Party?
Desde las 13:00 hasta las 16:00, en el Umbracle (la zona que casi todos decimos que parece un esqueleto de una ballena) prepararon todo lo necesario para que los corredores, acompañantes y quien quisiera comprar un tique, pudieran degustar una comida basada en paella mientras te amenizaban el rato con concursos, música y un showcooking cocinando en directo algunas de las variedades más típicas de este plato.
Para cada uno de los comensales prepararon una bolsa con una buena ración de paella, en nuestro caso nos tocó de conejo (no sé si se hicieron de más variedades), perfectamente envasada al vacío (nada de tirada de cualquier manera sobre un plato) junto con la naranja para el postre, pan, cubiertos y, por supuesto, agua, cerveza y refrescos que te zampabas tan a gusto en las mesas corridas que allí montaron.
Reconozco que no soy muy fan de los arroces pero no dejé ni las migajas de esa paella, rica rica y con fundamento como diría el cocinero de la tele.

Visita (de nuevo) a la Feria del Corredor
Tras la pertinente siesta, a media tarde volvimos a dar una vuelta por la Feria del Corredor para ver con más calma los stands, saludar a algunos de los amigos que trabajaba en esos puestos y, cómo no, para hacer alguna que otra comprilla, en unos casos por capricho y, en otros, motivadas por la decisión ya en firme de Chelo de correr al día siguiente.
Os aseguro que pocas veces me he sentido tan feliz haciendo compras de última hora el día de antes de una maratón, algo que suele significar que se te ha olvidado algo pero, sólo de pensar que al día siguiente íbamos a poder darle uso a cosas como unos calcetines de correr, geles energético, cinta para el pelo… Tenía una sonrisa de oreja a oreja.
La feria no era excesivamente grande, no tenía grandes stands de marcas o tiendas pero era muy práctica, bastante bien dimensionada y creo que tenía una buena representación de lo que uno busca en un sitio así, ha crecido mucho desde la que había hace apenas cinco años y estoy seguro de que seguirá creciendo a la par que la participación en la maratón.
De ahí, directos a la cena, tempranito antes de que se llenaran los sitios cercanos para poder ir pronto a preparar las cosas y descansar para el día siguiente porque, aunque íbamos a correr sin presión, no dejaba de ser una carrera y, en mi caso, una maratón entera porque yo sí tenía planificado terminar.
El Día D, la Maratón

El guardarropa era lineal y kilométrico, con espacios separados para cada 200 ó 300 dorsales, muy ágiles a la hora de coger y almacenar las cosas… Una de las cosas que más me han gustado de la organización, la verdad.


Ojo, no digo que fuera un desastre, ni mucho menos, pero sí es un punto que considero que no está a la altura del resto de la infraestructura montada.


El puerto, el mar que se ve a nuestra derecha, la zona universitaria donde ves pasar por el lado contrario la cabeza de carrera y los miles de corredores que te preceden… Los kilómetros van cayendo como si nada y disfrutamos mucho de todos esos pequeños grandes detalles que te encuentras en una carrera así.
Cada uno tenemos nuestras peculiaridades: el flacucho y el rellenito, el jovenzuelo y el viejuno, el que lleva una camiseta de otra maratón o el que la tiene con algún mensaje de ánimo o de recuerdo, los que van cargados para hacerla en autosuficiencia si quisieran, los que parece que vayan a echar el rato dando un paseo más que a correr… De todo hay en la Viña del Señor, palabra.
A esto se le suman los puntos de animación, oficiales o no, con gente tocando carracas, aplaudiendo, bailando, tocando música, las charangas, las discotecas móviles (qué pasada, cómo tenían el volumen en algunos puntos), fiestas de cumpleaños, falleras… Es imposible verlo y asimilarlo todo según vas corriendo.

Pero, bueno, había que tener la cabeza fría y, por eso, allá por el 25K, después de pasar por el otro lado de la Ciudad de las Artes y la Ciencias y, tras unas dos horas y media de «paseo», decidimos ponerle fin a su aventura porque nos parecía que ya habíamos tentado demasiado a la suerte y porque sabíamos que, pasado ese punto, en caso de tener que optar por la retirada, la cosa se complicaba y tocaba andar mucho mientras que ahí estaba apenas a una centena de metros.

Cero preocupación por el crono o los ritmos, adelanto a bastante gente, algunos de ellos con molestias o dolores (seguro que la mayoría sí terminó), me detengo siempre que lo estimo oportuno como hice en el mítico muro, que decidieron ubicar en el kilómetro 32, me echo unas risas con los personajillos que veo (uno vestido de Thor, uno con una piña en la cabeza…), presto atención a los miles de mensajes diferentes que se pone la gente en las camisetas, cotilleo el material que lleva la gente que va a esos ritmos y que normalmente no veo en acción cuando compito, me lo paso teta entreteniéndome en un punto de animación en el que unos chavalines están dando pinchos de tortilla casera, cacahuetes (sin pelar) y refrescos, casi me pongo a bailar y cantar (no lo hice para que no lloviera de lo mal que entono) y estallo de gozo y suelto un ‘hu ha’ cuando escucho el «esta sí, esta no» de Chimo Bayo en uno de los puntos de animación…

Desde el 40K vas por el Paseo de la Alameda, con un gentío que ni en los puertos del Tour, un último kilómetro totalmente vallado que se adentra ya en la Ciudad de las Artes y las Ciencias y que te acerca hacia la pasarela azul de los últimos 150 metros, en los que dejas de pensar y razonar, no escuchas nada, se te corta la respiración, lloras… Es como si se parara el tiempo y simplemente sigues corriendo hasta que escuchas el pip al pasar por la línea de meta. En ese mágico segundo, los pelos se te ponen de punta, te quedas helado, con la piel de gallina.

Daban ganas de quedarse allí al solete, tumbado disfrutando de una cervecita bien fría pero tenía que ir con Chelo para contarle para ver qué tal le había ido así que no me entretuve apenas y con eso di por finalizada mi participación en la Maratón de Valencia 2018.
Despedida y cierre:
Bueno, no, terminada aún no porque aún quedaba el reencuentro con Chelo, ponernos al día de lo que nos había pasado desde que nos separamos en el 25K, lloriquear un poco por las futuras agujetas y sobrecargas que ya sentíamos y que auguraban una semana siguiente entretenida, ducha en el hotel gracias al late chek out que habíamos cogido y ahí ya, sí que sí, tocó hacer la maleta, arrancar el coche, poner rumbo a casa y el cartel de ‘The End‘ a esta experiencia de la Maratón de Valencia 2018.
Aunque, viendo cómo ha ido, más bien pusimos el de ‘To be continued’ porque volveremos para cerrar el círculo, para que Chelo pueda vivir en primera persona lo que le faltó por ver este año. ¿En 2019? Ni idea, no hay prisa pero volveremos porque merece la pena la Maratón de Valencia, os lo aseguro.
Por cierto, no he dicho nada de tiempos ni puestos en ningún momento porque es algo que me la trajo al pairo todo el rato, especialmente desde que me quedé solo y, de hecho, cuando paré el crono del reloj, estaba ya de camino al hotel. Sólo sé que entré un pelín después de las liebres (prácticos, como dicen por esa zona) de las 4h30′ a las que fui grabando en varios puntos del recorrido, pero no tengo ni idea ni me he interesado a posteriori por el tiempo o puesto definitivo.
Simplemente me interesa lo vivido en el fin de semana, la experiencia y la satisfacción de haber podido disfrutar de la Maratón de Valencia 2018 a dos como no habría podido ni soñar apenas 48 horas antes de que empezara, eso vale tanto o más que cualquier crono o puesto que hubiera podido lograr.

























Buenas Rodrigo.
También había paella de pollo,… doy fé.
Una crónica distinta,… para un maratón diferente.
Una lástima no poder coincidir,… entre unas cosas y otras.
Saludos.
Ya me extrañaba que no hubieran hecho una tourné de paellas valencianas Pamatati ;-D
Siento no haber dado más señales de vida pero, como le he comentado a muchos compañeros, la idea era no hacer no correr apenas así que por eso no le di mucho bombo y no dije nada.
Para la próxima aviso y nos vemos. Espero que te fuera bien!!!
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